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LAS CALLES DE MADRID. LA PALOMA (Virgen y leyenda)

Iglesia de la Paloma en Madrid

Si existe en la Villa y Corte una devoción auténticamente popular es la que se tributa a la Virgen de la Paloma. Desde mediados del siglo xix, al llegar la fecha del 15 de agosto, calles y plazas cercanas a la iglesia de San Pedro el Real, en las cercanías de la Puerta de Toledo, se engalanan para competir con farolillos, oropeles y cadenetas adornando patios, fachadas, balcones y corralas en honor a la Virgen castiza que recorrerá en procesión el barrio, escoltada por una representación del Cuerpo de Bomberos (cuyo patronazgo ostenta) y acompañada por algunas personas ataviadas siguiendo con excesiva libertad modas populares de nuestra Villa y Corte en los siglos xviii y xix. Una concurrencia que podríamos denominar “multi-étnica” (que aporta un punto de exotismo a unas celebraciones en las que todos son bienvenidos) acompaña a los devotos que forman el cortejo de la imagen en su recorrido por las calles cercanas, engalanadas para la ocasión. Churros y “limoná” ayudarán a la Comisión de festejos a dilucidar cuál es el patio mejor engalanado. La fiesta concluye en la verbena popular, cuyo ambiente fue captado en los ya lejanos tiempos del año de 1894 por el maestro Tomás Bretón en su sainete lírico con libro de Ricardo de la Vega “La verbena de la Paloma”, o “El boticario y las chulapas” o “Celos mal reprimidos” (que por estos tres títulos es conocida esta joya de nuestro género lírico).

Las monjas de San Juan de la Penitencia, de Alcalá de Henares, habían alquilado para matadero de reses un corral de su propiedad cercano a la Puerta de Toledo, donde tenían instalado un palomar. Cuando el día 1 de febrero de 1627 se celebraba una procesión para trasladar la imagen de la Virgen de las Maravillas desde el barrio de Atocha a su nueva ubicación en la calle de La Palma, una paloma blanquísima voló desde el corralón acompañando a la imagen durante todo el recorrido. Las monjas tuvieron noticia del suceso, se desplazaron desde su convento para verla y reconocieron que era la paloma que se había escapado de su palomar de Alcalá de Henares; desde entonces el corralón se llamó “de la paloma” y así se denominó también la calle que se abrió con posterioridad y que aún subsiste.

Resulta interesante rastrear el origen de la devoción hacia este cuadro, probablemente del siglo xvii, de autor desconocido, que representa a María en actitud orante, los ojos bajos, las manos entrelazadas, la cabeza ligeramente ladeada, vistiendo como viuda toca y túnica blancas, manto negro cubriendo su cabeza y un largo rosario de cuentas oscuras que destacan sobre el hábito blanco. Cuando el cuadro fue encontrado no tenía pintada corona ni aureola alguna (luego se le colocó una diadema de plata y piedras preciosas); por ello en algún momento pudo considerarse el retrato de alguna joven profesa, pero esta hipótesis se ha desestimado pues el hábito habría permitido conocer la orden religiosa a que hubiera pertenecido.

Lienzo de la Virgen de la Paloma

Se trata, en realidad, de la representación de Nuestra Señora de la Soledad (la Virgen tras el entierro de Cristo) cuyo culto fue propiciado en la Villa y Corte por la reina Isabel de Valois (1545-1568) cuando vino a España para contraer matrimonio con Felipe II en 1559; la soberana trajo consigo un cuadro que San Francisco de Paula había regalado a su padre, el rey de Francia Enrique II. Por aquellas fechas se habían establecido en Madrid los frailes de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula para quienes se construía el Convento de Nuestra Señora de la Victoria, que estuvo situado (hasta el siglo xix) entre las modernas calles de Espoz y Mina y la de la Victoria hasta que en 1836, tras la desamortización de Mendizábal, fue derribado permaneciendo el nombre de la taurina calle de la Victoria como recuerdo de su origen.

Los frailes pidieron a la reina el cuadro para que presidiera la iglesia de su convento pero no aceptó, si bien dio su consentimiento para que un escultor realizase una imagen de bulto semejante a la que aparecía en el cuadro. Gaspar Becerra (Baeza 1520 – Madrid 1568) recibió el encargo y talló la cabeza y las manos de una imagen vestidera que hubo de repetir tres veces porque su obra no complacía a la soberana. Palomino refiere en su Museo Pictórico y Escala Óptica III (Madrid edición moderna: Alianza 1986, página 38) que estando dormido se le apareció una señora que le dijo: “Despierta, levántate y de ese tronco que arde en ese fuego esculpe tu idea y conseguirás tu intento sacando la imagen que deseas.” Gaspar Becerra obedeció y la reina quedó asombrada ante la nueva talla de Nuestra Señora de la Soledad, la cual fue colocada en el verano de 1565 presidiendo el altar del Convento de la Victoria.

La Iglesia del Buen Suceso y al lado parte del convento de la Victoria

El atuendo de la imagen seguía el de las viudas nobles, adoptado por Juana la Loca al morir su esposo Felipe el Hermoso: túnica y toca blancas y manto negro cubriendo la cabeza, que era la vestimenta habitual de la Camarera Mayor de Isabel de Valois, la condesa viuda de Ureña doña María de la Cueva, que donó sus ropas para la imagen tallada por Becerra.

Pronto varias personas decidieron constituir una Cofradía para fomentar la devoción a Nuestra Señora de la Soledad; se aprobaron los estatutos y solicitaron a los Mínimos del Convento de la Victoria que les cediesen una capilla para celebrar allí las juntas y guardar en ella las imágenes y objetos de culto e insignias para las procesiones, instalando además una mesa y un cajón para recoger las limosnas. La propia reina quiso ingresar en la Cofradía en 1568 reforzando así las raíces de la devoción a esta imagen; su ejemplo fue seguido por nobles y funcionarios de la Real Casa y el 6 de abril del mismo año procesionó por vez primera acompañada por dos mil “penitentes de luz” (que portaban velas) y más de cuatrocientos “ penitentes de sangre” (que azotaban sus espaldas desnudas), más las mujeres que formaban parte de la Cofradía quienes, según León Pinelo, eran “de gran abolengo”.

Los cofrades celebraban junto con la comunidad las fiestas propias de la Orden (San Francisco de Paula, la Virgen de Agosto) y los entierros, compartiendo con los Mínimos las limosnas recibidas.

En el año 1787, unos chiquillos encontraron en el solar cercano a la Puerta de Toledo, ya mencionado, propiedad de las monjas de Santa Juana, un bastidor con un lienzo muy deteriorado que representaba el retrato de una monja. Cuando intentaban hacer con él una cometa, Isabel Tintero, portera de una de las corralas cercanas que vivía en la calle de la Paloma, se lo compró a los niños (dice la tradición que por cuatro cuartos), lo limpió y comprobó que era una imagen de la Virgen de la Soledad; lo colocó en un marco rústico y colgó el cuadro en el portal de su casa, alumbrándolo con un farolillo.

La costumbre de colocar imágenes iluminadas e incluso con altarcillos en los portales perduró incluso hasta mediadios del siglo xix; testimonio de ello es la diligencia notarial que transcribimos:

“En la villa de Madrid a 7 de mayo de 1857, siendo la hora de las tres de la tarde, yo el infrascripto escribano de S.M., notario del colegio de esta corte, en virtud de requerimiento del Dr. D. Mariano Pardo de Figueroa, vecino de Medina-Sidonia y residente en dicha corte, calle Mayor, núm. 61, cuarto principal, como apoderado de su señor padre D. José Pardo de Figueroa, también vecino de Medina-Sidonia, poseedor de la casa situada en esta propia corte y su calle de Postas, señalada con el número 31 antiguo y 32 moderno, de la manzana 195, que perteneció al vínculo y mayorazgo fundado en 1645 por Martín Fernando Hidalgo y doña Claudia Fernández su mujer, me constituí en la expresada finca, con objeto de presenciar la traslación de una pintura al óleo sobre lienzo, que representa a Nuestra Señora de la Soledad, colocada en un retablo existente en el zaguán de la misma casa… El dicho lienzo representa a la Virgen, de medio cuerpo, vestida de blanco, con manto negro y rosario… Tiene de altura 1 metro 84 centímetros, por 1 y 14 de ancho. […]” (Chaulié, Dionisio. Cosas de Madrid. Madrid: La Correspondencia de España, 1886. T. II, pág. 35.)

En la actualidad los templos no admiten exvotos ni tampoco se recogen los hechos prodigiosos que se atribuyen a las imágenes sagradas. Pero la devoción a la Virgen de la Paloma testifica las gracias que desde su aparición ha derramado sobre el pueblo del arrabal donde apareció. Si Isabel Tintero inició su culto, rápidamente se expandieron las noticias de los favores recibidos por la intercesión de la Santa Imagen.

Entre los primeros testimonios de los que poseemos referencia escrita señalemos la curación del conde de las Torres, cuya pierna gangrenada a consecuencia de una caída del caballo le había puesto en peligro de muerte. Tras encomendarse a la Virgen, sanó de forma milagrosa con gran asombro de los físicos que no se explicaban su total curación. El conde de las Torres agradeció con objetos litúrgicos y elementos para la decoración y cuidado de la imagen, así como con generosas dádivas que contribuyeron a la instalación del oratorio.

La segunda curación tuvo lugar en la persona del niño de ocho años Fernando (luego Fernando VII). Enfermo de escorbuto y en estado gravísimo, su madre, la reina María Luisa, ofreció a su hijo a la Virgen y al poco tiempo el enfermo experimentó un fuerte alivio, llegando a una rápida y total curación. La reina supo agradecer esta ayuda y dotó a la imagen con elementos para el culto, costeando además el mantenimiento una lámpara perpetua.

En 1896 se comenzó a levantar el templo que conocemos actualmente en la misma calle de la Paloma, con entrada también por la calle de Toledo; en el solar de la antigua capilla se edificaron unas escuelas. Para la construcción de la nueva iglesia, denominada de San Pedro el Real, como hemos dicho, contribuyeron con generosidad el pueblo y ciertas personas pudientes. El edificio, obra del arquitecto Rodríguez Izquierdo –que no cobró por su colaboración- se inauguró el día 23 de mayo de 1912 con gran afluencia de fieles no sólo de la Villa y Corte, sino de pueblos y lugares no tan cercanos.

A comienzos del siglo xx y con el fin de fomentar el culto a la imagen, se fundó una Congregación compuesta en su mayoría por señoras; más adelante se creó, a la vista del gran número de devotos, una rama de dicha Congregación bajo la denominación de Caballeros de la Virgen de la Paloma en la que se encuadran congregantes de todas las clases sociales.

El ajuar de la Virgen

En origen el lienzo encontrado por los chiquillos carecía de cualquier ornamentación. Poco a poco los donativos de fieles y devotos fueron componiendo un ajuar cuyo valor se fue incrementando. Se dotó a la Virgen de una corona adornada con piedras preciosas y después se confeccionó una aureola de rayos similar a la que en el momento actual podemos ver. Fieles y congregantes fueron componiendo a lo largo del tiempo un ajuar de objetos de ornato y litúrgicos de notable valor.

¿Qué fue de la imagen y su ajuar en las últimas contiendas?

Sabemos que durante la Guerra de la Independencia Isabel Tintero consiguió ocultar las joyas de la Virgen a la codicia de los invasores. Pero cuando en 1840 el gobierno instituyó un impuesto extraordinario para sufragar los gastos de la Guerra Carlista, fue necesario vender algunos objetos de culto para cumplir con este pago.

La Guerra Civil de 1936 da lugar a que se pierda una custodia de gran valor, nunca recuperada, que se había depositado en el Banco de España; otras joyas se ocultaron en lugares seguros y pudieron recuperarse tras la contienda.

Con respecto a la imagen y ante el temor de que fuese destruida, se colocó una copia en el altar y el lienzo original fue escondido entre otros cuadros en el domicilio del presidente de la Junta Parroquial, Sr. Labiaga, que residía en el número 62 de la calle de Toledo; cuando la familia se trasladó a la calle de Altamirano, ocultaron la imagen en el cabecero de una cama. Los bombardeos forzaron el traslado de los vecinos de la zona, que quedó en ruinas, y la esposa de Labiaga consiguió llevarse el testero de la cama alegando que era suya y no tenía dónde dormir. Quedó en el sótano de una farmacia de la Glorieta de San Bernardo. Resulta curioso que al comienzo de la guerra un zapatero, creyendo que era el original, se llevó el lienzo a su casa para salvarlo de la destrucción y así resultó que la imagen fue salvada por partida doble.

Como podemos apreciar, la devoción y el cariño de los madrileños quedan plasmados en el gusto por venerar, enriquecer y proteger el modesto cuadro cuyos avatares hemos tratado de describir grosso modo en estas líneas.

Fuente: cervantesvirtual

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