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Berlin Alexanderplatz vacía por coronavirus por Mercedes Peces Ayuso

Qué lejos de aquel 1928 cuando la plaza hervía de vida. Biberkopf pululando de nuevo en libertad listo para su nueva vida de promesas, alardes y fechorías. Y ahora, casi un siglo después, se siente tan vacía…

Elegida como ejemplo de la vida social urbanita, ya no respira ese aire canalla y unificador que la consolidó como centro de unión de una ciudad constantemente herida. Ahora, heridos estamos todos. De alguna manera, la canalla se ha amadrigado y ha dejado las farolas apagadas. No hay piernas apoyadas, no hay tacones repicando por los viejos adoquines. No hay sonido en las aceras.

Y no ha sido por la acción directa de las fuerzas del orden, sino por un virus.

Esta vez hay mucho miedo y mucha ignorancia. Y demasiada (des)información.

Todos los que hemos sido proxenetas de nuestras vidas, y eso lo somos la mayoría de un modo u otro, estamos pagando este amor que nos salió tan caro.

Estamos ante el mismo epílogo que nuestro Franz, le acompañamos caminando por las calles llenas de muertos, flanqueados por dos ángeles de desolación, nuestras víctimas y culpables, nuestros vivos y nuestros muertos.

Y mientras, la vida confinada. La alerta continua y las invenciones nos puntean las horas en un enorme reloj  mental que se materializa a ciertas horas gregarias en las que nos reunimos desde el aire de los salientes de nuestras paredes para sentir que tenemos aún un cuerpo. Que aunque se barrunten nuevos tiempos puede ser que quizá, eventualmente, así pudiera ser, vienen a traer vientos de cambio. Este barrido mundial, ajeno a castas sociales y edades, recuerda la virulencia de los castigos divinos de un dios vengativo  y atávico en el que apenas creímos. Y vuelven los gurús y los predictores a llenar con cajones las esquinas de una plaza común aventada desde las redes sociales, ahora llenas de nuevos salvadores de la patria, de detractores y héroes anónimos, sabedores del futuro, analistas del pasado, desconocedores del presente, pero omnipotentes y omnipresentes desde el inicio de esta dantesca espantada.

Tantos personajes que somos, tantos heterónimos que tenemos… Tan semejantes y tan profusos en las alcantarillas de este pozo sin fondo.

Avezamos tiempos en los que entonar el mea culpa no tiene ya mucho sentido.

Porque la vida sigue y volveremos a centrarnos en la rutina histérica de una comunidad rendida. La reconciliación llegará, como le llegó a Franz y a su mundo perdido, y todos volveremos a tener la oportunidad de hacerlo mejor. Algo mejor, al menos, dado que la reconciliación y la pérdida de culpa serán las nuevas virtudes en la era del poscoronavirus. La vuelta a la humanidad desde las pérdidas llegará. Como Franz con su brazo útil amputado, aprenderemos a trabajar con el izquierdo. Un aprendizaje para no quedarse en el olvido.

Sin perder de vista el horizonte, por lo que trae… Alfred Döblin bien lo supo.

Mercedes Peces Ayuso. Filóloga y Traductora
Contacto: mpecesayuso@gmail.com

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