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BIOGRAFÍAS: Hildegard von Bingen, la profetisa teutónica o la sibila del Rin por Mercedes Peces Ayuso

«La mujer podrá estar hecha del hombre, pero el hombre no se puede hacer sin una mujer» H. v. B.

En el siglo XII la religión fue el eje sobre el que giraron los acontecimientos vitales más importantes y para Europa supuso, en muchos aspectos, una era de vida fresca y vigorosa: la época de la segunda y tercera Cruzada, de los grandes reformistas religiosos, uno de los cuales fue el monje cisterciense francés Bernardo de Claraval, la del origen y el levantamiento de las ciudades y de los primeros estados burocráticos de Occidente, la que vio la culminación del arte románico y el comienzo del gótico, la de la emergencia de la literatura vernácula, la resurrección de los clásicos latinos, la poesía latina y el Derecho Romano; la recuperación de la ciencia griega, con sus adiciones árabes, y gran parte de la filosofía griega, más el origen de las primeras universidades europeas.

El siglo doce dejó su impronta en una educación de carácter superior en la filosofía escolástica, los sistemas jurídicos europeos, en la arquitectura y la escultura, en el teatro litúrgico, en la poesía latina y vernácula. La revolución del siglo XII estuvo estructurada por una enredada maraña de cambios que sucedían al mismo tiempo y que se retroalimentaban unos con otros, arrojando a Occidente a una pendiente imparable de cambios sociales. Al iniciarse estos, Europa era una sociedad agraria y feudal que durante el siglo XII y hasta el XIII, consolidará un sistema social totalmente nuevo basado en los burgos, y que intelectualmente conformará una nueva ética, que al mismo redefinirá el mapa político de Europa, en donde los reyes tendrán cada vez más peso en detrimento de los grandes señores feudales. En cierto sentido, puede decirse que la consecuencia más importante de la revolución del siglo XII fue haber cambiado un sistema estático, piramidal y de inmovilismo social por uno dinámico en donde los cambios se sucederán sin pausa alguna, con una celeridad cada vez mayor, algo que no ha cesado de suceder en Europa hasta el día de hoy.

Pues bien, es dentro de este rico contexto histórico donde se encuadra Hildegard von Bingen, relevante mística, considerada la primera bióloga alemana, la primera médica y la primera feminista, una de las mujeres más extraordinarias de la Edad Media europea. En pleno siglo XII, bajo el reinado del poderoso Federico Barbarroja, esta abadesa dedicó sus más ochenta años de su vida a contrariar con astucia y sutileza los mandatos opresivos de su época. Nació el 17 de septiembre de 1098 en Bermersheim vor der Höhe, en el valle del Rin, Renania-Palatinado en el seno de una familia noble alemana acomodada. Fue la menor de los diez hijos de Hildebert de Bermersheim y Mechtild, y por eso fue considerada como diezmo para Dios, entregada y consagrada desde su nacimiento a la actividad religiosa, según la mentalidad medieval.
Desde niña, Hildegard tuvo una débil constitución física, sufría de constantes enfermedades y experimentaba visiones. En estas visiones jamás caía en éxtasis: se sentía mal, le dolía todo, enfermaba, pero estaba perfectamente lúcida.

Hildegard era capaz de entrar en éxtasis sin perder el conocimiento, viendo, oyendo y conociendo simultáneamente mientras continuaba consciente en el mundo terrenal. Es el único caso de misticismo en toda la historia de la Iglesia, pues nunca ha existido otra mujer que tuviese visiones y revelaciones en estado de vigilia, muy diferente a los éxtasis de grandes místicos, como santa Teresa de Jesús.
Hildegard fue visionaria, escribió sobre teología, propuso un universo heliocéntrico 300 años antes que Copérnico, escribió sobre la gravitación universal 500 años antes que Newton, pregonó la fitoterapia, se carteó y polemizó con Papas, reyes, nobles, teólogos de la talla de Claraval, etc., que siempre tuvieron enorme respeto a sus opiniones (evidentemente no por su condición de mujer, sino de visionaria), compuso música avanzada, se inventó la primera lengua artificial de la historia, la lingua ignota, y fundó en Rupertsberg su propia abadía, porque en esa época lo habitual era que los conventos fueran mixtos, una suerte de comunidad femenina donde las monjas daban rienda suelta a sus talentos artísticos, aprendían a cantar, copiaban e ilustraban manuscritos, hacían gimnasia y bebían cerveza. Su credo era pura dinamita: promovía la igualdad de géneros, negaba que el placer sexual fuera fruto del pecado y sostenía que la sangre que verdaderamente manchaba no era la de la menstruación sino la que derramaban las guerras; fue una mujer muy adelantada a su tiempo, principalmente en sus opiniones sobre la importancia de la gratificación sexual para las mujeres.

A pesar de que es lógico pensar que como abadesa conservaría su virginidad, se cree que fue la primera mujer europea en describir el orgasmo femenino ¡y en pleno s. XII! Expone que la alteración del medio natural puede hacer enfermar (concepto que antecedió a la ecología), acentuó la importancia de la alimentación en la salud y el uso de plantas como remedios adelantándose a la homeopatía y a las flores de Bach, por lo que en Alemania se la considera su precursora. Además, hablaba de la influencia de los estados anímicos en los males corporales, como hacen hoy día las modernas teorías de la psicología, cuestión esta que hasta hace muy poco no se ha puesto de relevancia en la medicina actual. Pero Hildegard también fue médica, y no solo sistematizó conocimientos tradicionales, sino fue reconocida también por sus estudios en tratamientos alternativos. Dos obras la respaldan, una de contenidos físicos (Physica) y otro sobre medicina (Cause et cure), fundamentados en el funcionamiento del cuerpo humano, la herbolaria y otros tratamientos médicos de su época basados en las propiedades de piedras y animales. A pesar de las varias actividades y su dedicación a la escritura, no dejó de lado la predicación: hizo cuatro viajes para comunicar sus perspectivas sobre redención, conversión y la reforma del clero, con la esperanza de acercar más la Iglesia a la gente.


Puede resultar contradictorio considerar a una religiosa como una mujer de ciencia, pero hay que tener en cuenta que seguía la Regla de San Benito, cuyo principal mandato es el ora et labora, con una especial atención a la regulación del horario, en la que el aprovechamiento de la luz solar según las distintas estaciones del año era fundamental para conseguir un equilibrio entre el trabajo (generalmente agrario), la meditación, la oración y el sueño. Precisamente una de las críticas que tuvo esta regla fue por parte de los cistercienses que la tildaban de “falta de austeridad” pues no se refería en ningún capítulo al ascetismo puro sino que se imponían una serie de horas al trabajo, al estudio y a la lectura religiosa, además de la oración. Así que es en este contexto religioso en el que la abadesa Hildegard von Bingen desarrolla su trabajo dentro y fuera del convento.
En su visión profética, la realidad humana y la divina son una misma realidad, garantizadas por el amor que la mujer sabe encarnar. Ella ve y describe a Dios como una «luz viviente», una luz que también forma parte del ser humano: ella misma se define «sombra de la luz viviente».
La mística renana es la prueba de que en el seno de la cultura cristiana era posible para una mujer -evidentemente excepcional– producir alta cultura y hacerse escuchar por los poderosos.


Benedicto XVI en las reflexiones dedicadas a las figuras femeninas del Medievo quiso reservarle dos discursos, y se inspiró precisamente en Hildegard para declarar que «la teología puede recibir una contribución peculiar de las mujeres, porque ellas son capaces de hablar de Dios y de los misterios de la fe con su peculiar inteligencia y sensibilidad».

Una de las habilidades milagrosas mejor conocidas de Santa Hildegard era que curaba a la gente con el agua del Rin. Su fama como sanadora atraía a tanta gente que se dice que una de las monjas trató de convencer al obispo de que ordenara a Hildegard parar de hacer milagros. Pero también sanaba con plantas y piedras, pues creía que todo lo que había en el mundo estaba ahí a disposición del ser humano para utilizarlo. Su concepto novedoso a la hora de otorgar cualidades propiedades curativas a las plantas, elementos, árboles, piedras, peces, aves, animales, reptiles y metales estaba en consonancia con los cuatro humores o temperamentos principales del cuerpo humano: sanguíneo, melancólico, colérico y flemático.

Pero eso no es todo: creó muchas composiciones musicales únicas y se le atribuye la invención de la ópera. Su música era también una expresión de sus ideas acerca de la sanación: “Todas las artes que sirven los deseos humanos y las necesidades del ser humano se derivan del aliento que Dios envió al interior del cuerpo humano”, decía.

Volviendo a sus visiones: todo el bagaje simbólico y originalidad de las obras de Hildegard encuentra su origen en la inspiración sobrenatural de sus experiencias visionarias, de ahí que la explicación de dicha enigmática fuente de conocimiento haya sido causa de interés e investigación incluso durante la vida de la abadesa.
Precisamente, una de las fuentes más importantes sobre el origen y descripción de sus visiones se encuentra en la carta con la que Hildegard respondía a los cuestionamientos epistolares hechos en 1175 por el flamenco Guibert de Gembloux en nombre de los monjes de la abadía de Villiers acerca de la manera en que tenía sus visiones. Por estas respuestas se sabe que las visiones comenzaron desde su muy temprana infancia y que en ellas no mediaba el sueño, ni el éxtasis, ni la pérdida de los sentidos:
«No oigo estas cosas ni con los oídos corporales ni con los pensamientos de mi corazón, ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos, sino en el alma, con los ojos exteriores abiertos, de tal manera que nunca he sufrido la ausencia del éxtasis. Veo estas cosas despierta, tanto de día como de noche».
Igualmente, explica que este conocimiento sobrenatural que adquiere se da al mismo tiempo de tener la experiencia, tal como ella misma escribe: «simultáneamente veo y oigo y sé, y casi en el mismo momento aprendo lo que sé.».
Tales visiones siempre se acompañaban de manifestaciones lumínicas, de hecho, los mandatos divinos que recibía provenían de una teofanía luminosa a la que nombra «sombra de la luz viviente» (umbra viventis lucis) y es esta luz a la que nombra en la introducción del Scivias y de Liber divinorum operum como la que toma voz para ordenarle poner por escrito cuanto experimenta.

Con la certeza de ser portadora del mensaje divino también se dedica a la predicación, recorriendo varias regiones de Alemania, y hablando hasta en las iglesias. Incita a los Papas a la reforma, criticándoles también con dureza, explicando que el Espíritu Santo hablaba a través de ella -una mujer- porque la Iglesia, dirigida por hombres, había traicionado en muchos aspectos su naturaleza y su misión. A pesar de sus detractores, el papa Eugenio III consideró sus escritos de inspiración divina y le dio carta blanca para continuar haciéndolo.

Como anécdota apuntar que excepto algunas anotaciones y escritos realizados en su lingua ignota, las obras de Hildegard von Bingen estaban redactadas en latín vulgar, y como no era muy ducha en él se sirvió de tres monjes (y al menos una monja: Ricardis) como secretarios y amanuenses.

Hildegard tuvo una larga vida y murió en 1179 a los 81 años. Sus reliquias fueron conservadas en el convento de Rupertsberg hasta la destrucción de este en 1632, durante la Guerra de los Treinta Años, siendo llevadas a Colonia y después a la iglesia parroquial de Ebingen, donde aún reposan.

En mayo de 2012 el papa Benedicto XVI la canonizó y nombró doctora de la Iglesia. Su fiesta se celebra el 17 de septiembre, día de su nacimiento, fecha que también le dedican, curiosamente, la iglesia anglicana británica y la episcopal escocesa.

Obras:

Religiosas. De las obras religiosas que escribió Hildegard, destacan tres de carácter teológico: Scivias, sobre teología dogmmática Liber vite meritorum, sobre teología moral y Liber divinorum operum, sobre cosmologogía, antropología y teodicea. Esta trilogía forma el mayor corpus de sus obras.
Scivias: El nombre Scivias es una forma abreviada del latín «Scito vias Domini» que significa «Conoce los caminos del Señor» pensamiento de la visionaria del Rin. Describe las 26 visiones que tuvo.
Liber vite meritorum. El Libro de los méritos de la vida, cuyo título completo es Liber vite meritorum, per simplicem hominem a vivente lucem revelatorum, fue escrito entre 1158 y 1163. Es una obra de carácter moral en 5 libros la que, partiendo de la visión de Dios como un hombre cósmico que sustenta y vivifica al universo, Hildegard llega a una exposición de los principales vicios espirituales y sus virtudes opuestas.
Liber divinorum operum. El Liber divinorum operum o Libro de las obras divinas fue creado entre 1163 y 1173 siendo Hildegard ya sexagenaria. Es la descripción de diez visiones, en donde realiza una cosmología que estructura al universo en correspondencia con la fisiología humana, y que convierte los actos del hombre en paralelos a los actos de Dios, mediante su cooperación activa en la construcción y orden del cosmos.

Lingua ignota

El alfabeto de Hildegard von Bingen, Littere ignote, que usó para su lengua Lingua Ignota, otra de sus principales obra, primera lengua artificial de la historia, por la que fue nombrada patrona del esperanto.
Dicha lengua fue expuesta en su escrito Ignota Lingua per simplicem hominem Hildegardem prolata, que ha llegado a nosotros integrada con otras obras en el Riesencodex, en sus folios 461v–464v, así como en el de Berlín, folios 57r–62r. La obra es un glosario de 109 palabras escritas en dicha lengua con su significado en alemán, incluyendo el de algunas plantas y términos usados en sus obras médicas.
Se ha propuesto que su creación fue de carácter místico, tal vez una especie de glosolalia (lenguaje ininteligible), no obstante, muchas de las palabras de dicho lenguaje parecen tender hacia un interés científico. Pero no hay un motivo claro del porqué de su creación.

Científicos: Liber simplicis medicine o Physica, es un libro sobre medicina, divido en nueve libros sobre las correspondientes propiedades curativas de plantas, elementos, árboles, piedras, peces, aves, animales, reptiles.
El Liber composite medicine o Cause et cure, sobre el origen de las enfermedades y su tratamiento y los metales.
Hagiografía: la Vita sancti Disibodi (Vida de san Disibodo) escrita hacia 1170 a petición del abad Helenger, donde trata la vida y obra del eremita irlandés Disibodo que terminó su vida en las cercanías del monasterio que aquel presidía. Por las mismas fechas escribió, además, una explicación de la Regla de S. Benito (Explanatio regule s. Benedicti) y otra del Simbolo Quimcumque (Explanatio symboli s. Athanasii). Por esas fechas escribe la Vita sancti Ruperti para documentar la vida del santo.

Epistolario: 300 cartas con temas de lo más variado: teología, espiritualidad, política, remedios curativos, consejos sobre la vida monástica y clerical, entre otros temas que le consultaban.

Música: Hildegard compuso setenta y ocho obras musicales, agrupadas en la Symphonia armonie celestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestes): 43 antífonas, 18 responsorios, 4 himnos, 7 secuencias 2, sinfonías, 1 aleluya, 1 pieza libre y 1 oratorio (fascinante, pues el oratorio se inventó en el s. XVII). Además, compuso un auto sacramental musicalizado llamado Ordo Virtutum (“Orden de las virtudes”).

Bibliografía en castellano
Hildegarda de Bingen (2011). Libro de los merecimientos de la vida, Liber vitae meritorum. Buenos Aires: Miño y Dávila Editores.
Libro de las obras divinas, Liber divinorum operum. Barcelona: Herder Editorial, 2009.
Physica. Libro de medicina sencilla. Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas, Liber simplicis medicinae. Astorga: Editorial Akrón, 2009.
Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Madrid: Editorial Trotta, 2003.
Scivias. Conoce los caminos. Madrid: Editorial Trotta, 1999.
Causas y remedios. El arte de curar de Santa Hildegarda. Edición Manfred Pawlik. Madrid: Susaeta Ediciones, 1999.
Chiaia, María (2006). El dulce canto del corazón. Mujeres místicas. Desde Hildegarda a Simone Weil. Madrid: Narcea ediciones 2006.
Cirlot, Victoria: Vida y visones de Hildegard von Bingen. Nueva edición revisada. Hildegard von Bingen, Theoderich von Echternach. El Árbol del Paraíso 64. Madrid: Ediciones Siruela, 2009, 3ª edición.
Garí, Blanca. La mirada interior. Escritoras místicas y visionarias de la Edad Media. El Árbol del Paraíso 59. Madrid: Ediciones Siruela, 2008.
Dronke, Peter . Las escritoras de la Edad Media. Crítica, 1994.
Hildegard von Bingen y la tradición visionaria de Occidente. Barcelona: Herder Editorial, 2005.
Épiney-Burgard, Georgette & Zum Brunn, Émilie. Mujeres trovadoras de Dios: una tradición silenciada de la Europa medieval. Barcelona: Ediciones Paidós, 1998.
Feldmann, Christian (2009). Hildegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y la fe. Barcelona: Herder Editorial, 2009.
Pernoud, Regine. Hildegarda de Bingen: Una conciencia inspirada del siglo XII. Barcelona: Paidós Ibérica, 1998.

Película: Vision: Aus dem Leben der Hildegard von Bingen. (Margarethe von Trotta, 2009) http://www.imdb.es/title/tt0995850/

Contenido multimedia sobre Hildegard von Bingen en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Wikimedia_Commons.
• Etimología de Hildegard:
• hiltja = der Kampf (Althochdeutsch); la lucha
gard = der Zaun, der Schutz (Althochdeutsch) la valla, la protección
• Kämpferin, Beschützerin: la luchadora y protectora
• die im Kampf “Schützende: la que protege en la guerra

Mercedes Peces Ayuso. Filóloga y Traductora

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