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1001 batallas que cambiaron la historia – Toma de Lisboa (1147 d.c.)

El asedio y toma de la Lisboa andalusí inspiró una extraordinaria novela del gran Saramago, en la que se reflexionaba sobre el arte de la historia con gran finura. La caída de la que se convertiría en la capital de Portugal dio pie a la redacción de obras tan singulares como la del eclesiástico anglo-normando Osbernus u Osbern, estudiado con interés desde el siglo XIX, y tuvo lugar en un momento de intensa actividad de la Europa cristiana, la de la II Cruzada predicada con elocuencia por Bernardo de Claraval tras la conquista de Edesa por los musulmanes. Consciente de la complejidad de los frentes de guerra de la Cristiandad y condicionado por los intereses seculares de sus monarcas, el Papa Eugenio III autorizó campañas de cruzada al Este del Sacro Imperio y en la península Ibérica, además de en Tierra Santa, hacia la que no pudo evitar la afluencia de las fuerzas del emperador alemán Conrado III. Alfonso VII de León y Castilla pudo acogerse a tal disposición y valerse de la colaboración de ciudades como Pisa.

                Sin embargo, no fue el único gobernante de la Hispania cristiana dispuesto a servirse de ello. El activo Alfonso I de Portugal logró atraer a fuerzas venidas del Norte de Europa a través de los oficios del obispo de Oporto Pedro. El 16 de junio de 1147 más de ciento sesenta naves procedentes del puerto de Dartmouth tuvieron que recalar en Oporto. Trasladaban parte de la variopinta expedición formada por anglo-normandos, flamencos y coloneses. Entonces las tierras inglesas se encontraban en guerra civil. En teoría, los expedicionarios se dirigían a Tierra Santa, pero recibieron la oferta de ayudar a Alfonso I a rendir la gran Lisboa.

                La ciudad era un importante centro comercial, con duchos navegantes e intensa actividad. Osbernus llega a ofrecernos cifras asaz elocuentes de su grandeza, por mucho que sus comentarios se tiñan de menosprecio religioso hacia sus gentes. De sus habitantes, unas 60.000 familias pagaban impuestos, pues los arrabales exentos no entraban en tal cómputo. Según se supo después por boca de su alcaide, contaba en el momento del asedio con unos 154.000 varones, pues los de Santarém y otras localidades se habían acogido allí, añadiéndose a su habitual movimiento de mercaderes. Su alcazaba coronaba la ciudad y sus murallas ceñían sus elevaciones hacia el Tajo. Sus arrabales también eran fuertes. Las estrechas vías del callejero lisboeta, descrito por los cruzados como una inmunda sentina, impedían el avance de los atacantes.

                Los cruzados habían emprendido su viaje el 19 de mayo. Alfonso I los aguardaba en las playas cercanas a Lisboa. Cuando desembarcaron el 30 de junio, los musulmanes los atacaron. No pudieron evitar que tomaran tierra, pero muchos cruzados no quisieron bajar de sus naves. Los más audaces de entre ellos plantaron sus tiendas aquella noche en las colinas de las inmediaciones de Lisboa. Temieron ser acometidos.

                De momento, los defensores se mantuvieron a la expectativa. Alfonso I, tras ocho días de esperar su llegada, se presentó ante los recién llegados, que no formaban un grupo bien avenido precisamente. Los anglo-normandos no confiaban en los flamencos y en los coloneses, muchos de ellos hombres de las emergentes ciudades. Al final, lograron escoger sin mayores complicaciones representantes para negociar las condiciones de la campaña con el monarca portugués.

                No pretendía Alfonso I ostentar un gran poder sobre ellos una vez conquistada Lisboa, al principio, y prometía repartir con equidad el botín según el rango de los francos. Tomada y repartida la urbe entre los conquistadores, no les cobraría impuestos comerciales. Las condiciones eran ventajosas para los cruzados y se dieron rehenes como garantía de su cumplimiento.

                Dentro de la hueste cruzada, los muchachos armados con hondas (a modo de pastores) lanzaron piedras imprudentemente contra las todavía quietas posiciones lisboetas. Los musulmanes salieron al combate, y los cruzados tuvieron que esforzarse. Llegaron a atacar uno de los arrabales, pero fueron repelidos con una verdadera lluvia de proyectiles lanzada desde terrados y tejados. La estrechez de las calles no invitaba tampoco a entrar, pues podían caer con facilidad en una emboscada.

                Semejantes acometidas estaban condenadas al fracaso. Los defensores, conscientes de ello, provocaron por todos los medios a los atacantes. Les dijeron que sus hogares se llenarían de bastardos, pues sus mujeres no aguardarían a hombres que en el mejor de los casos retornarían pobres y fracasados. También zahirieron sus sentimientos religiosos, lanzando sus dardos contra la Virgen María, de la que dudaron que fuera la madre de Dios. La cruz fue objeto de sonadas profanaciones. La guerra religiosa estaba en el corazón de la guerra misma.

                En octubre estalló la tensión en el campo de los cruzados. Se insinuaba que los musulmanes podían rendirse y se acusó a los rehenes de recibir el trato de favor de Alfonso I. Flamencos y coloneses protestaron con violencia el 23 de aquel mes, pero al final la situación volvió a reconducirse. A cambio de jurarle fidelidad, el astuto rey portugués permitió que 140 de aquellas inquietas gentes de Flandes y Colonia entraran primero en la ciudad rendida. Ocuparían la alcazaba y protegerían las tareas del reparto de lo conseguido. Sin embargo, entraron más de los acordados y se dedicaron al saqueo y a la violación, según sus detractores anglo-normandos, que dijeron acatar los acuerdos jurados. El 25 Lisboa había sido ocupada. Por tres puertas, los musulmanes salieron en gran número de Lisboa, gran parte de Hispania y África según el cronista Osbernus.

                ¿Cómo se explica que una ciudad así cayera ante los divididos cruzados? En la plaza solo se disponía de unas 15.000 lanzas y escudos, claramente insuficientes para armar a todos los varones en condiciones de luchar. Tuvieron que establecerse turnos. Aun así, sus defensas eran recias. Sin embargo, sus alimentos se pudrieron, en lo que los cristianos atribuyeron a un verdadero milagro, dentro de la mentalidad del siglo XII. En una Cristiandad que asistió con no poca indignación al fracaso de la II Cruzada, la conquista de Lisboa fue un éxito, en el que brilló la capacidad política de Alfonso I de Portugal.

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