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“et in Arcadia ego” por Víctor Manuel Fernández Martín

Fotograma de Retorno a Brideshead

Víctor Manuel Fernández Martín [1]

Tenía yo 12 años cuando se emitió  la serie “Retorno a Brideshead”, producida por la productora británica Granada Television, protagonizada por Jeremy Irons, Diana Quick y Anthony Andrews. Con esa edad, y siendo tremendamente introvertido, era imposible no quedar impactado por unas escenas de un mundo tan lejano al nuestro como es el de los colleges de Oxford, las mansiones campestres y las fiestas de los años veinte del siglo pasado. El primer capítulo de la serie, fiel a la novela de Evelyn Waugh, se titulaba “et in Arcadia ego”. Entonces yo no pude comprender el motivo de tal título y simplemente lo achaqué a alguna excentricidad del autor. 

A lo largo de mi vida, y hasta el presente, he leído esa novela unas veinte veces de las cuales, dicho sea sin falso orgullo, la mitad ha sido en su versión original. Ahora sí, puedo decir, intuyo el motivo del título del primer capítulo… et in Arcadia ego.

Si introducimos este adagio en los buscadores de Internet nos encontraremos con múltiples páginas web en las que se analiza una pintura de Nicolas Poussin pintada entre 1637 y 1638, que se encuentra en el Museo del Louvre, y que lleva por sobretítulo “Los pastores de Arcadia”. Sobre esta obra, multitud de escritores y filósofos han reflexionado sobre su temática, simbolismo y significado; entre ellos, Felibien, Diderot, Panofsky y C. Lévi-Strauss.

Cuadro de Poussin de 1637

En esta pintura se ve a tres hombres vestidos al estilo griego portando cayados, lo que nos hace pensar que son pastores, y una mujer ¿sacerdotisa? contemplando una tumba. Todo ello, en un paisaje que sería el paraíso tal como éste se representaba en la época del barroco europeo. Arcadia (del griego: Ἀρκαδία) era una provincia de la antigua Grecia que, con el tiempo, se convirtió en el nombre de un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, sobre todo del Renacimiento y el Romanticismo. En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico habitado por una población de pastores que vive en comunión con la naturaleza. En este sentido posee casi las mismas connotaciones que el concepto de Utopía de la Edad de Oro. Pero, ¿qué sucede? Pues que en ese supuesto paraíso los pastores, que prefiguran a todo el género humano, se encuentran con una tumba, con la muerte. Et in Arcadia ego podría traducirse como “también yo –la muerte– estoy en el Paraíso”. ¿Es posible un paraíso con muerte?

Las interpretaciones del simbolismo de esta obra, se pueden resumir en dos tendencias: la primera, es un recuerdo de que la felicidad que mana de las cosas materiales, es finita. Todos los placeres están limitados por la muerte. La muerte nos hace iguales a todos: príncipes y mendigos, europeos y orientales, blancos y negros. La segunda, tendría un matiz más teológico, y explicaría la escena afirmando que, también la muerte, está en el paraíso pagano. Por tanto, Arcadia no sería el verdadero paraíso –si es que por este entendemos la vida eterna– o, en otras palabras, solo un pretendido paraíso cristiano podría colmar el ansia de felicidad del ser humano. Dicen.

Esta obra de Poussin, no es la primera que ronda el tema. Los buscadores de Internet olvidan que hubo dos anteriores: una también del propio Poussin, pero pintada unos años antes, en 1630 y que forma parte de la Devonshire Collection. En ella, cambia los personajes y sitúa una pequeña calavera sobre la tumba.

Cuadro de Poussin de 1630

La segunda, más anterior incluso –1623–, corresponde a otro pintor, Guercino, y representa a dos pastores meditando delante de una gruesa calavera colocada en primer plano, doble un bloque de piedra. La fórmula “et in Arcadia ego“, grabada en la piedra, adquiere su total significado: «y yo también estoy aquí, existo, incluso en Arcadia». Así pues, es la calavera la que habla, para recordarnos que, incluso en la más feliz de las moradas, los hombres no escapan a su destino.

Cuadro de Guercino

Pero a mí hay dos versiones que me gustan especialmente; una del pintor británico Robert Smerdon que ha suavizado el título como “still life after et in Arcadia ego” o “todavía queda vida después de et in Arcadia ego”:

Cuadro de Robert Smerdon

Y, por último, esta versión que vi expuesta en el escaparate de una galería de arte de Pont-Aven, pueblo de la Bretaña francesa, y que me limité a fotografiar sin poder acopiar más datos que la fecha de su composición –2002– y que es un óleo sobre lienzo. Espero me disculpen no poder aportar su autoría.

Cuadro anónimo “et in Arcadia ego” de 2002

Estas dos últimas pinturas, junto a la más conocida de Paussin son las que me van a permitir exponerles mi particular interpretación del simbolismo que encierra nuestra  cita “et in Arcadia ego”. Observen que en estas dos últimas versiones y en las dos de Paussin notamos que uno de los hombres apuntan con el dedo hacia nuestra locución, como si la leyeran con cuidado, tal como leen los niños que están aprendiendo a leer… ¿por qué se nos representa así?

Si siguiéramos la teoría de los arquetipos de Jung podríamos explorar nuestro subconsciente en busca de esta repuesta. Por supuesto, puedo equivocarme, pero a mi ese dedo indicando esas palabras me lleva a recordar un pasaje de la Biblia, en concreto en el libro de Daniel[2], donde se narra que el rey Baltasar –no confundir con el Rey Mago– da un banquete usando las copas sagradas que su padre Nabucodonosor había saqueado en el Templo de Salomón. De repente “aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro, sobre el revoque del muro del palacio real” las palabras mené, mené, tequel y parsim[3]. Gran confusión crearían este prodigio y así nos lo muestra Rembrandt:

Cuadro de Rembrandt “el banquete de Baltasar”

Por cierto que, por otro lado, en la religión judía, es habitual leer la Torá auxiliándose de un puntero de plata con forma de mano con el dedo índice extendido denominado yad, término hebreo que significa “mano”. Visualmente, dicho motivo tiene referentes iconográficos en la Mano de Dios, cuya manifestación en la cultura judía se remonta a los frescos de la Sinagoga de Dura Europos y a los mosaicos de la Sinagoga de Beit Alfa, siglos III y VI de nuestra Era.

Foto del yad sobre la Torá.

Podríamos, de acuerdo con todo lo anterior, que nos ayudamos del dedo índice para leer cuando estamos ante un texto realmente importante, hasta el punto de que no querríamos equivocarnos ni en una sola letra… Nos permite prestar toda nuestra atención para interiorizar, incluso, un significado oculto que precisa contar con nuestra intuición. Desearíamos, si fuera posible, memorizarlo para seguir reflexionando sobre el particular terminada la lectura y, quizá, sacar una lección de vida que nos corrija posibles errores que estamos cometiendo para evitar nuestros particulares mené, tequel y parsim.

Escribo este artículo en plena crisis sanitaria debida al virus COVID-19. Llevamos confinados en casa 12 días… e ignoramos los que nos quedan y, así las cosas, me pregunto ¿qué lección podemos obtener de nuestra cita “et in Arcadia ego”?

Hablo ahora como economista para afirmar que somos muchos los profesionales que llevábamos tiempo afirmando que el modelo social, político y económico está dando síntomas de estar agotado. El ritmo con el que esquilmamos los recursos del Planeta –como Nabucodonosor hiciera con el Templo de Salomón–, el ya innegable calentamiento global, el ritmo de consumo desenfrenado, por encima de la mera satisfacción de nuestras necesidades vitales pero, sobre todo, el vergonzoso e injusto reparto de los recursos a lo largo y ancho de nuestro mundo, nos lleva en momentos así a afirmar que esto debe de cambiar. Et in Arcadia ego… también yo –la Muerte– estoy en vuestro mundo de comodidades, de fantasía materialista, de tecnología de última generación, de fines de semana cada vez más largos mientras en vuestras calles, a pocos metros de vuestras viviendas, tenéis mendigos tirados en el suelo. Et in Arcadia ego… vestís a la última moda, os hacéis expertos en cata de vinos y consumís platos elaborados como si fueran obras de arte mientras vuestros hermanos y hermanas se ahogan en pateras huyendo de la guerra, del hambre, del hacinamiento…

A fecha de hoy, 22 de marzo de 2020, leo que en el Mundo hay 315.647 casos de contagio por el Corona-Virus y 13.570 fallecidos y, me temo, aún no hemos llegado a la cota más alta. Algunos rezan, otros evocan a los espíritus buscando respuestas pero, personalmente, como tantos otros ciudadanos y ciudadanas, me estremezco de agradecimiento ante la labor de sanitarios y sanitarias, transportistas, fuerzas de seguridad y otros tantos profesionales que se exponen para hacer algo por la Comunidad. Otros nos quedamos en casa. Y pienso que ahí tenemos la respuesta: et in Arcadia ego nos da también una lección de fraternidad que no debemos de dejarla pasar, una lección de esperanza, de apoyo. Vuelvan, por favor, a ver el cuadro de Paussin de 1637, el de Robert Smerdon y el anónimo… hay algo más que nos llama la atención: la mujer pone la mano en los hombros de uno de sus compañeros. La lección me parece clara: sí, en nuestro mundo material existe el mal, la enfermedad, la muerte pero también la fraternidad, la ayuda mutua y desinteresada y, con ella, el arma que nos permite salir de nuestra individualidad y vencer todas las dificultades. Saquen ustedes mismos la conclusión…

Víctor Manuel Fernández Martín

Notas:


[1] Víctor M. Fernández, Economista (Universidad de Valladolid, 1993) y Experto Universitario en Historia y Filosofía de las Religiones (UNED 2019), es miembro de la Asociación de Estudios Espíritas de Madrid.

[2] Cfr. Daniel 5, 1-28.

[3] El propio texto bíblico no da la traducción en Dn 5, 26-28: “Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; Tequel has sido pesado en la balanza y se te encuentra falto de peso; Perés: tu reino ha sido dividido y entregado a medos y persas”. Como, de hecho, así sucedió.

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