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1001 batallas que cambiaron la historia – Batalla de Farsalia (48 a.c.)

La batalla de Farsalia es la obra maestra de la táctica cesariana y presenta algunas particularidades que la han hecho objeto de atento y admirado estudio a lo largo de los siglos.

En primer lugar, los contendientes son dos “primeros espadas” mundiales, nada menos que los dos más grandes soldados romanos desde Cayo Mario sesenta años antes. En segundo lugar, la batalla de Farsalia es una batalla de romanos contra romanos, de legiones contra legiones, lo que la hace enormemente atractiva ya que en teoría existía una cierta igualdad táctica. En tercer lugar, es una de esas pocas batallas que realmente han cambiado el curso de la Historia.

—— LOS GENERALES ——

Cneo Pompeyo “Magno”

Pompeyo no era un genio, pero era un general competente y cualificado, un hombre testarudo pero no terco. Su experiencia militar era más amplia que la de César, ya que había combatido en la I Guerra Civil al lado de Sila, en Oriente, en España y había comandado la campaña para limpiar la piratería del Mediterráneo. Su hoja de servicios era impresionante y su fama se extendía por todo el Mare Nostrum. Tras servir fielmente a Sila, formó el Triunvirato con César y Craso apoyando a los Populares para cambiar de nuevo de bando aliándose con el sector más reaccionario del Senado que pretendía destruir a César. Cuando César respondió a las ilegales agresiones de los optimates cruzando el Rubicón con una legión, Pompeyo no quiso enfrentarse a él y cruzó el Adriático para refugiarse en Grecia. Más adelante veremos por qué tomó esta decisión Pompeyo, una decisión que no fue un error, sino una opción más. El problema de Pompeyo es que no estaba solo, sino rodeado por una extraña corte. Su estado mayor, con la única excepción de Tito Labieno, estaba compuesto por gallinas cluecas senatoriales que creían que ganarían la batalla con sólo enseñarles a los proletarios de César sus impresionantes árboles genealógicos. Hombres como Catón, no aportaban nada salvo desequilibrio y encima miraban a Pompeyo por encima del hombro porque no pertenecía a su rancia casta, pero era lo mejor que tenían, o al menos eso pensaron. En lugar de dejarle trabajar en paz, los optimates, con una experiencia militar ridícula, le reprochaban haber abandonado Italia sin combatir y tras Dyrrachium le urgían a acabar de una vez con César. Presión que, como veremos, tuvo su efecto. César narra la más famosa de estas disputas en la que los patricios se enfrentan por ver quién será Pontífice Máximo tras la muerte de César:

“A propósito del sacerdocio de César, Domicio, Escipión y Léntulo llegaron ya en sus diarias disputas a insultos muy graves de palabra, de manera pública (…). Finalmente, todos discutían sobre sus cargos o premios en dinero, o de la necesidad de acosar a sus enemigos; y no meditaban con qué tácticas podrían vencer, sino cómo debían aprovecharse de la victoria”. Comentarios de la Guerra Civil. Libro III, capítulo LXXXIII.

Los cuatro cuerpos de su ejército estaban al mando de Léntulo Sphinter (derecha), Marcelo Escipión (centro), Lucio Domicio Enobardo (izquierda) y Tito Labieno (caballería). Pompeyo había elegido a los mejores dentro de su numeroso grupo de aspirantes.

Cayo Julio César

César llegó a Farsalia con su triunfo en las Galias aún humeante, al mando de los hombres que lo habían hecho posible. César se enfrentó en las Galias a ejércitos que lo superaban numéricamente en proporciones enormes. Por ello, desarrolló una estrategia nueva en la historia militar romana: una guerra de movimientos, una auténtica Blitzkrieg romana en la que la velocidad del ejército, la rapidez de la maniobra tendían a compensar la inferioridad numérica. Era la estrategia de la rapidez ya ensayada con éxito por Escipión el Africano en Cartagena y desarrollada plenamente por César en las Galias. Su estado mayor se hallaba compuesto por militares profesionales con años de experiencia que conocían perfectamente al ejército y a su jefe, adaptándose como un guante a las necesidades de ambos. Los tres cuerpos de su ejército se hallaban bajo el mando de Marco Antonio (izquierda), Cneo Domicio Calvino (centro) y Publio Sila (derecha). En Farsalia César estaba en su mayor apogeo intelectual, tenía plena confianza en todos y cada uno de sus hombres, fueran legionarios u oficiales y se sentía un Favorito de la Fortuna, idea que sus hombres compartían con él de manera entusiasta. A diferencia del de Pompeyo, el mando de César no se hallaba cuestionado, sino reforzado por sus hombres que le veían como a su líder natural. No sólo en lo militar, sino también en lo político.

—— LOS EJÉRCITOS ——

César:31.400FARSALIAPompeyo:66.200
  Caballería  
Galos:600 Aliados:7.000
Germanos:400   
 1.000  7.000
  Infantería romana  
Legionarios:23.000 Legionarios:50.000
 23.000  50.000
  Infantería auxiliar  
Con la caballería::400 Españoles:5.000
Aliados:7.000 Aliados:4.200
 7.400  9.200
El ejército de Pompeyo

Pompeyo contaba con 117 cohortes de las que 7 dejó de guarnición en el campamento y en la línea fortificada que iba de éste al río. Las 110 cohortes de la línea de batalla formaban un total de once legiones legiones bastante completas, ya que no habían tenido bajas ni habían dejado guarniciones en puntos fuertes. Era un poderoso ejército que superaba en más del doble al de César, aunque su nivel de adiestramiento y de experiencia no eran los de los “muchachos” de César.

Pompeyo contaba con varias cohortes de guerreros españoles traídos por Afranio que combatían como infantería pesada.

Pompeyo se rodeó de un impresionante cuerpo de caballería que incluía a sus numerosísimos clientes italianos de Picenum y numerosos contingentes enviados por las provincias orientales y los reyes de los estados-satélite de Roma, que en realidad eran clientes de Pompeyo. A diferencia de César, Pompeyo prefirió la cantidad a la calidad y la mejor muestra de ello fue este enorme cuerpo de caballería que, en realidad, no era más que una gigantesca masa de caballos y jinetes con un valor táctico que era una incógnita. ¿O no lo era? Porque Pompeyo siguió a César desde Dyrrachium hasta Farsalia (y hay una buena distancia) sin que sus 7.000 jinetes consiguieran, no ya derrotar a la columna cesariana, sino ni siquiera entorpecerla. Algo que Labieno debería haber meditado.

La infantería auxiliar pompeyana incluía varias cohortes españolas con las que formó una legión auxiliar, además de arqueros y honderos.

El ejército de César

Las legiones de Julio César eran las mismas legiones que acababan de conquistar las Galias. Formadas por veteranos avezados que sabían reaccionar ante el peligro con disciplina en lugar de pánico, mandados por centuriones que habían ascendido peldaño a peldaño el duro escalafón desde abajo y que llevaban años junto a ellos. Como César mismo dijo, su ejército se componía de un millar de brazos dirigidos por una sola cabeza, y es que en el ejército de César mandaba César.

César llegó a Farsalia con 87 cohortes de las que 7 dejó en el campamento. Las ochenta cohortes de la línea de batalla formaban nueve legiones bastante incompletas. Tras Dyrrachium unió a la Octava y a la Novena, que estaban al límite de efectivos para formar una sola, lo que indica que entre ambas apenas juntarían catorce o quince cohortes. Estas ocho legiones tenían una media de unos 2.800 hombres por legión cuando lo normal eran 4.800. César en Italia pudo haber esperado para reclutar más hombres en la Cisalpina, pero no lo hizo. También muchos itálicos, hartos del Senado, pretendieron alistarse en sus legiones, pero él no quiso, ya que según su planteamiento eran más valiosos “pocos” pero veteranos que “muchos” pero inexpertos. Farsalia le dio la razón.

Sus legiones eran la Sexta, Séptima, Octava, Novena, la legendaria Décima, Decimoprimera, Decimosegunda y dos nuevas reclutadas recientemente, entre ellas la Quinta, conocida por el sobrenombre de Alaudae (alondra), ya que sus legionarios, que eran todos galos cisalpinos, en lugar de penachos de crines de caballo en los yelmos se ponían plumas de alondra. Si bien estos jóvenes galos eran “novatos” comparados con sus míticos compañeros de la Décima, tenían más experiencia que la mayoría de los legionarios de Pompeyo, una confianza ciega en su general, que además de ser su caudillo militar era su caudillo político, ya que fue precisamente Julio César, durante su consulado del año 59 aC, quien promulgó la ley que otorgaba la ciudadanía romana a los galos de la Cisalpina.

Además de las legiones, César tenía unos 7.400 infantes auxiliares soldados altamente especializados que combatían en formaciones complementarias de la legión.

La caballería de César era su punto débil, al menos aparentemente. De los 1.000 jinetes con que contaba unos 400 eran ubios, los famosos germanos que empleó en Alesia y cuya sola presencia en el campo de batalla producía pánico en el enemigo. Los mil restantes jinetes eran en su mayoría galos, probablemente eduos y un pequeño contingente de españoles que en realidad formaban la escolta personal de César. César introdujo una innovación aprendida en las Galias: unir a los escuadrones de caballería un contingente de infantería ligera de 400 hombres al típico modo germano, con lo que la eficacia de los jinetes se veía redoblada. Esta innovación resultó decisiva en el planteamiento táctico de César y demuestra lo que ya he comentado anteriormente, la importancia del momento en el que ambos jefes llegan a la batalla, con un César recién salido de las Galias, con ideas nuevas y frescas y un Pompeyo anquilosado por los mármoles de Roma con un manual en lugar de ideas.

Aquellos hombres que formaban el reducido ejército de César eran el mejor cuerpo de combate que se ha paseado por la Historia y estaban mandados por el más grande general de todos los tiempos, el maestro absoluto de la estrategia.

—— LA ESTRATEGIA ——

Pompeyo pensó que llevar la campaña de Grecia era una idea brillante, pero se equivocó. Mucho se ha discutido sobre su negativa a combatir a César en Italia. Yo no creo que fuera ni un acierto ni un error, sino una de las opciones que pudo tomar y tomó, sin más. Es cierto que tenía muchísimos más hombres que César, pero los 3.000 con los que el conquistador de las Galias cruzó el Rubicón eran veteranos curtidos y Pompeyo sabía de sobra que en Italia César no se dejaría coger en una emboscada. Además, las legiones de las Galias ya marchaban hacia la Península Itálica para apoyar a su jefe y encima las ciudades italianas le recibían como a su salvador, por lo que corría el riesgo de ser él y no César el que acabara cayendo en esa emboscada.

Pompeyo había aprendido la lección en España combatiendo a un brillantísimo Sertorio, cuya muerte prematura le impidió llegar a ese Olimpo de dioses para codearse directamente con los más grandes. La estrategia de Pompeyo era alejar a César lo más posible de sus líneas naturales tanto de suministros como de hombres que estaban en las Galias y salir de Italia, que irremediablemente se había declarado cesariana. Si Pompeyo hubiera continuado en Italia hubiera perdido la guerra sin necesidad de una batalla. ¿A dónde ir entonces? Podía haber ido a España, donde sus legados Afranio y Petreyo tenían un poderoso ejército, pero eso suponía tener que cruzar el mar con naves de altura exponiéndose demasiado ya que no podrían costear. La tierra que se extendía entre los Pirineos y los Alpes, a excepción de Marsella, era zona cesariana y por allí no podría cruzar de ninguna manera, por eso optó por ir a Grecia, más cerca de ese Oriente donde se había hecho famoso y en el que tantos amigos tenía y de cuyos inmensos recursos podría disponer. Pero en Grecia se dejó atrapar en Dyrrachium por una brillante maniobra de César que comenzó a construir una circunvalación de asedio tipo “Alesia” pero muy mejorada con fortines externos y varias líneas de defensa. Dos cabecillas eduos de la caballería cesariana, al ser descubiertos malversando los fondos de sus hombres, corrieron a pasarse al Pompeyo al que detallaron el sistema de fortificaciones y su punto débil. Pompeyo reaccionó al fin y contraatacó antes de que estuviera terminada la obra por la parte más débil. César perdió 500 hombres y se retiró de allí seguido a distancia por Pompeyo hasta llegar a Farsalia.

Estratégicamente, Farsalia fue un error tremendo de Pompeyo. Yo opino que la verdadera clave de la derrota pompeyana fue, en realidad, más estratégica que táctica, ya que la decisión de plantarle cara a César la tomó presionado por la corte de mamelucos que lo seguían cacareando y atormentándole con sus tonterías. Es evidente que Pompeyo no deseaba un enfrentamiento directo con César, al que temía y con razón. Pompeyo no era nada tonto y sabía perfectamente que el ejército de Julio César, aunque muy inferior numéricamente, era muy superior tácticamente. La estrategia de Pompeyo era seguir a César pisándole los talones, estorbando sus suministros y aprovisionamiento para ir acorralándolo en Grecia, forzándole a fortificarse, tal y como el mismo Pompeyo había hecho en Dyrrachium y que había estado a punto de costarle la derrota.

Esta estrategia es buena, pero tiene un problema fundamental: no se puede emplear una estrategia que el enemigo acaba de emplear contra ti, y más si ese enemigo se llama Cayo Julio César. Si Pompeyo hubiera continuado con su juego del ratón y el gato, no es de extrañar que el ratón hubiera acabado encontrando un sitio adecuado para tenderle al gato una trampa en la que se dejara las uñas y el bigote. Exactamente igual que hizo cuando derrotó a Ambiórix en 54 aC.

Cuando tras Dyrrachium César llegó a Farsalia, acampó en el lugar presumiblemente menos bueno del terreno, dejándole a Pompeyo levantar su campamento fortificado en el que, según los cánones, era el mejor lugar. ¿Cómo es posible que César hiciera algo así? Realmente llevaba haciendo cosas así años y años en las Galias, dando al enemigo ventajas que luego su genio manipulaba convirtiéndolas en desventajas. Para Pompeyo el campamento era algo crucial, pero para César no era más que un complemento estratégico y no táctico. En doce años de campañas continuas sólo hay dos excepciones: Britania y la mencionada batalla contra Ambiórix. En el caso británico no podía actuar de otro modo, ya que tenía que proteger a su flota y las fortificaciones del campamento eran la llave que guardaba su vuelta a las Galias. Con Ambiórix, César utiliza su campamento como cebo. Realmente el campamento no tiene más función que la de ocultar su brillante maniobra. César es un estratega de la movilidad, del recorrido, y sobre todo, tácticamente, de la maniobra, por lo que para él el campamento sólo tiene una función meramente complementaria. En realidad le daba igual que Pompeyo estuviera allí o en otra parte, ya que él tenía muy claro que la batalla se decidiría en campo abierto, allí donde sus legiones podrían demostrar su superioridad, y si Pompeyo creía que su campamento estaba en mejor lugar, pues más confiado se volvería.

Por otra parte, César no tenía fuerzas suficientes para intentar un asalto al campamento fortificado de Pompeyo, por lo que su única opción era tratar de provocar a Pompeyo para que aceptara el combate, cosa que éste hizo dilapidando así la valiosa ventaja estratégica conseguida en Dyrrachium que fue estúpidamente despilfarrada. César es un genio en estado puro que convierte los reveses de Gergovia y Dyrrachium en las victorias de Alesia y Farsalia aprovechándose hasta de los elementos desfavorables, manipulándolos para utilizarlos a su favor. Tras el revés de Gergovia César se retira atrayendo a Vercingetórix a su terreno y el caudillo galo muerde el anzuelo. Tras el revés de Dyrrachium hace lo mismo con Pompeyo y éste también muerde el anzuelo siendo atraído hasta Farsalia.

¿Es que Pompeyo no había leído los Comentarios de la Guerra de las Galias que ya habían sido publicados?

—— EL TERRENO ——

Pompeyo debía estar muy orgulloso del lugar que había escogido para instalar su campamento: la ladera oeste del monte Dogandzis que se proyecta hacia el río Eunipeo. El lugar tenía dos ventajas para Pompeyo: por un lado, la posición de su campamento era muy buena para la defensa, ocupando un alto de la ladera, y por otro, la zona donde las laderas meridionales del Dogandzis bajaban hacia el río eran ideales para una maniobra de flanqueo de la caballería, que era el sueño de Labieno.

Si Pompeyo le daba batalla a César, el río y la montaña encerrarían los flancos de los dos ejércitos. Sin duda Pompeyo y Labieno pensaron en Cannas, ya que la situación era muy parecida, con un río cerrando un flanco y una montaña cerrando el otro. En realidad, la llanura de Farsalia era demasiado estrecha para formar adecuadamente un ejército del tamaño del de Pompeyo y además, el norte estaba ocupado por el monte, a diferencia de Cannas. El terreno, que a simple vista favorecía a Pompeyo, en realidad jugó a favor de César gracias a su análisis más meticuloso y profesional, nada raro ya que César llegaba recién terminada la guerra de las Galias y Pompeyo había pasado demasiados años de molicie en Roma.

—— LA TÁCTICA ——

Pompeyo

Ya hemos visto que el lugar convencía a Pompeyo (por eso presentó batalla) y más aún a Labieno, que fue el que presionó hasta el final para lograrlo. Pero si hubieran sabido leer entre líneas (cosa que sólo saben hacer los Grandes), Pompeyo y más aún Labieno, se hubiera dado cuenta de la encerrona en la que había caído sin darse cuenta, ya que cuando se planea una maniobra de flanqueo de caballería, y Pompeyo fió toda la batalla a ésta, los espacios deben ser grandes, amplios y, sobre todo, por encima de todo, abiertos. Cierto que Aníbal consiguió en Cannas flanquear al ejército romano, pero Pompeyo no era, ni mucho menos Aníbal, y menos aún podía compararse su sentido táctico con el de Julio César. La batalla de Farsalia tenía dos claves: a) lo que ocurriría si la caballería pompeyana conseguía pasar el flanco de César y b) lo que ocurriría si no conseguía pasar. Dependiendo de una u otra se decidiría la batalla.

Estaba claro que con una superioridad de 7 a 1 en caballería Pompeyo dejaría que Labieno se luciera, y la especialidad de Labieno era el ataque de flanqueo, tal y como hizo en Alesia. Sin embargo, en Alesia, frente a la marea de galos que asaltaban el campamento de Antistio y Rebilio, situado en el punto débil del anillo fortificado romano, Labieno tuvo suficiente espacio para maniobrar, algo que es fundamental para la caballería. En Farsalia no existía ese espacio, pero Labieno, que era sin duda el mejor comandante de caballería de Roma, decidió utilizar su tremenda superioridad numérica para romper a la caballería cesariana situando a todos sus jinetes en su flanco izquierdo. En realidad, no podía hacerse otra cosa, ya que el terreno que bordeaba el río no era apropiado para la caballería. Además, Pompeyo puso en práctica un “refinamiento táctico” que César atribuye a uno de sus oficiales y que consistía en no avanzar hacia el enemigo, sino esperarle quieto, lo que según él haría llegar a los legionarios de César ante ellos cansados por la carrera cuesta arriba, ya que Pompeyo pensaba situar a sus legiones en la ladera del monte. Evidentemente, esto haría que los cesarianos tuvieran que combatir cuesta arriba, pero ¿qué ocurriría si los pompeyanos tenían que retirarse? el espacio entre ellos y su campamento era demasiado corto como para permitir un repliegue ordenado y dar posibilidad a rehacer las líneas. Con tan poco espacio, las legiones pompeyanas sólo tenían una posibilidad si eran batidas: huir a la carrera para impedir que las legiones de César las aplastasen contra las defensas de su propio campamento y tratar de llegar a él lo antes posible para evitar el tapón que se formaría con decenas de miles de hombres tratando de entrar. Militares de la talla de Pompeyo y Labieno debieron darse cuenta de todos estos importantísimos factores, y sin embargo los obviaron víctimas de la prepotencia porque todos los factores tácticos estaban a su favor, sin embargo, tratándose de César, ni siquiera los factores tácticos tienen validez absoluta.

César

Frente a las once legiones prácticamente completas de Pompeyo César sólo disponía de ocho muy mermadas de efectivos. En realidad eran nueve, pero dos de ellas, la Octava y la Novena, habían quedado tan reducidas que las unió en una sola. Evidentemente, ocho legiones no pueden ocupar el mismo frente de combate que once, y esto es importante cuando el enemigo tiene tanta superioridad numérica, ya que si se dejan los flancos al descubierto las líneas pueden ser flanqueadas. La maravillosa elasticidad de la legión romana permitió a César “alargar” sus cohortes para conseguir que cubrieran mayor espacio.

A pesar de ello, la línea de César no era tan larga como la de Pompeyo, por lo que César formó a toda su infantería auxiliar, compuesta de infantes y honderos españoles y arqueros cretenses, en su ala izquierda.

César deseaba terminar aquella guerra allí mismo. Por ello buscó el combate sacando cada día a sus legiones y formándolas en orden de batalla en la llanura. Cuando al final Pompeyo se decidió a combatir y formó a sus tropas César debió relamerse de gusto.

Evidentemente, César sabía que Labieno, con su superioridad 7 a 1 sería la estrella de la función. Toda la batalla dependía del ataque de Labieno que lanzaría a sus 7.000 jinetes contra los 1.000 de César arrollándolos como un tren y ganando así la retaguardia cesariana donde podrían atacar a gusto a la tercera línea de sus legiones, que era la más débil. Para evitar esto, César sacó de la tercera línea de cada legión una cohorte. Teniendo en cuenta que una cohorte de cada legión se quedaba a guardar el campamento, la tercera línea de César sólo tendría dos cohortes por legión y además muy mermadas de efectivos, por lo que esta tercera línea no podría entrar en combate más que fortaleciendo las dos líneas anteriores o como reserva táctica.

El plato fuerte de la táctica de César eran las ocho cohortes que había sacado de la tercera línea y que situó a la derecha, junto a la Décima legión y por detrás de la caballería. En el éxito de la misión de estas ocho cohortes estaba el resultado de la batalla, ya que, ni más ni menos que su cometido era frenar en seco a los 7.000 jinetes de Pompeyo. César instruyó a estos legionarios para que dejaran pasar entre sus huecos a sus propios jinetes, cerraran los huecos y atacaran a los jinetes de Pompeyo sin darles tiempo a reaccionar. Para ello el ataque había de ser extremadamente rápido y agresivo, por lo que César ordenó a sus hombres que atacaran directamente al rostro de sus enemigos para infundirles pánico. No es de extrañar que los yelmos de caballería imperiales utilizados décadas después cubrieran casi toda la cabeza del jinete…

—— LA BATALLA ——

Una vez formado su ejército, César dio inmediatamente la orden de atacar. Los legionarios avanzaron hacia las líneas pompeyanas que no se movieron. Cuando los cesarianos comenzaron a correr hacia ellos tampoco se movieron los pompeyanos, entonces tuvo lugar una de esas escenas para la Historia: los legionarios de César, espontáneamente, se pararon en su carrera, descansaron unos minutos, recuperaron el aliento y después siguieron avanzando hacia las líneas de Pompeyo. Era la reacción de un ejército veterano al que Pompeyo no iba a tomarle el pelo ni mucho menos. A medida que la distancia entre los ejércitos disminuía, César pudo hacerse una idea más clara de la situación. Su ala derecha, con la mítica Décima legión, no tendría problema en resistir el empuje enemigo y él mismo había colocado su puesto de mando tras ella, pero el ala izquierda estaba comprometida, ya que la formación de auxiliares tendría que enfrentarse no sólo a la infantería auxiliar pompeyana, sino a una legión, por lo que César delegó el mando de este ala a Marco Antonio, su mejor legado. Que César hiciera esto confirma que sus temores eran las alas y no el centro, ya que él siempre se colocaba en los lugares donde el peligro era mayor para poder acudir rápidamente, algo que aprendió en la batalla contra los nervios. Toda la clave de la táctica pompeyana era el ala derecha de César y por ello se situó allí, para estar cerca de la “cuarta línea” formada por las ocho cohortes.

La posición de las ocho cohortes

A lo largo de todos estos siglos se han escrito centenares de interpretaciones de esta batalla. La disposición de las legiones de ambos ejércitos no presenta problemas, pero la de las famosas ocho cohortes sí, ya que unos creen que se situaron de manera oblicua a la Décima legión.

Esto no pudo ser, ya que entonces la caballería pompeyana hubiera podido pasar por allí como por una puerta a medio cerrar flanqueando a todo el ejército cesariano. La clave de la maniobra era “frenar” en seco a los jinetes pompeyanos, y si éstos conseguían pasar por el hueco formado por la Décima y la ladera del monte, toda la retaguardia cesariana estaría comprometida sin remedio. Si las ocho cohortes hubieran querido atacar a la caballería pompeyena está claro que ésta no se hubiera dejado, ya que la velocidad de un caballo al trote supera la carrera de un legionario y en cuestión de un par de minutos todos los jinetes podrían estar en la ribera del Eunipeo espoleando a sus monturas. No podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando a 7.000 jinetes en un espacio abierto y a éstos dejándose masacrar tan tranquilos. Así como tampoco podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando en línea con la caballería puesto que ello obligaba a la caballería a ir al mismo paso que los legionarios a fin de no dejar un peligroso hueco por el que los jinetes pompeyanos hubieran podido introducirse.

La clave de las ocho cohortes era impedir que la caballería pompeyana consiguiera flanquear el ala cesariana, por lo que lo más lógico es pensar que las ocho cohortes se situaron de la forma abajo expuesta, en línea, con los huecos entre manípulos abiertos para permitir el paso de la caballería propia.

De esta manera, las ocho cohortes forman un muro entre el flanco derecho de la Décima y la ladera del monte, así no hay posibilidad alguna de replegarse y reagruparse, ya que al este y al norte está el monte, al sur las ocho cohortes y al oeste dos ejércitos que se aproximan como una prensa en la que la caballería quedaría aplastada. Si la caballería de Pompeyo era rechazada sólo cabía huir ladera arriba, esparciéndose monte arriba en completo desorden. Es posible que estas ocho cohortes permanecieran ocultas detrás de la línea de legiones hasta el último momento para evitar que Pompeyo las detectara y se diera cuenta de la trampa, pero aunque hubiera sido así, una línea de tan escasa profundidad no hubiera inquietado a éste ni a Labieno que hubieran pensado en arrollarla fácilmente.

El contacto

¿Dónde tuvo lugar el primer contacto? Evidentemente entre los jinetes de uno y otro bando. Si miramos la ilustración de arriba veremos que era imposible que los cesarianos avanzaran hasta chocar con las líneas pompeyanas mientras la caballería de Pompeyo se quedaba quieta. Al menos unos cincuenta metros antes de llegar a ella, debió cargar contra la caballería cesariana. ¿Cómo se dispuso ésta? Lo más lógico es que no se dispusiera en una larga línea cubriendo toda la zona abierta entre el flanco de la Décima y el monte como habían hecho las ocho cohortes. Debieron situarse en su formación de combate natural y lanzarse contra el centro de la enorme formación pompeyana, obligando a ésta a juntar sus líneas. Es lógico que fuera la caballería de Pompeyo la que cargara antes, ya que los jinetes cesarianos tenían el apoyo de 400 infantes ligeros que no podrían cargar a gran velocidad durante mucho trecho.

Mientras la caballería pompeyana cargaba contra la cesariana los infantes auxiliares de Pompeyo (infantería ligera, ya que toda la infantería auxiliar pesada pompeyana se hallaba en el lado del río) siguieron a sus jinetes esperando el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de las legiones. Por ello, esta infantería no sólo había sobrepasado la línea trasera de sus legiones, sino que se hallaba justamente en el flanco de éstas. Si la maniobra de Labieno salía bien estarían en magnífica situación para correr a flanquear la línea cesariana… pero si salía mal, serían atropellados por su propia caballería en fuga.

Poco después los legionarios de César lanzaron sus pila y desenvainando sus espadas españolas cargaron contra las líneas pompeyanas.

Los 1.000 jinetes de César a cuya cabeza se hallaban los 400 jinetes germanos, no fueron arrollados por los 7.000 pompeyanos, y seguro que los germanos tuvieron buena parte de la “culpa”. Si los galos de Alesia, que conocían de sobra a estos gigantes se aterrorizaron al verlos ¿qué sentirían hombres que jamás habían visto a un gigante germano al verle lanzarse a la carga?… Pues de todo menos alegría. Además, entre los jinetes cesarianos se encontraban infantes que atacaban directamente a los jinetes pompeyanos desde abajo, lo que aumentó la confusión de éstos. Pero no duró mucho el susto ni la confusión, ya que los jinetes cesarianos volvieron grupas, los infantes que los acompañaban se agarraron fuertemente a las crines y colas de los caballos y rápidamente se alejaron a galope tendido hacia el sur. ¡Victoria! debieron pensar los aturdidos pompeyanos mientras se reagrupaban para cargar contra la caballería de César en retirada que se replegaba ordenadamente a través de los huecos dejados por los manípulos de las ocho cohortes.

El ataque de las ocho cohortes

El ataque de la caballería cesariana había frenado la carga pompeyana. Los germanos habían conseguido unos segundos de pausa preciosos, ya que ahora los pompeyanos dejaron pasar otros segundos más preciosos aún reorganizándose para embestir en línea. Esos segundos de desfase entre la pérdida de contacto y la carga fueron vitales para permitir que la caballería cesariana escapara por los huecos de las ocho cohortes que tras pasar el último jinete y el último infante ligero se cerraron en cuestión de doce segundos formando así una línea continua entre el flanco derecho de la Décima y las laderas del Dogandzis. Si la caballería pompeyana quería pasar sólo podía hacerlo por allí, así que, confiada, cargó contra la delgada línea formada por las ocho cohortes.

César dice que fueron sus cohortes las que cargaron contra los jinetes pompeyanos. Es decir, que las ocho cohortes atacaron a los jinetes y no al revés. Efectivamente, cuando los jinetes pompeyanos llegan ante la línea cesariana, las ocho cohortes atacan como una muralla de escudos y pila móvil ante la que los jinetes de Pompeyo no pueden hacer nada salvo frenarse. Exactamente igual que les ocurrirá a los jinetes franceses en Waterloo cuando ataquen a los cuadros de infantería inglesa, solo que los cesarianos no permanecen clavados en el suelo, sino que cargan contra los jinetes. Y es que la caballería nunca ha podido vencer a una infantería disciplinada, conjuntada y, sobre todo, bien mandada que opone un bloque sólido, un verdadero muro infranqueable. Si los jinetes de Pompeyo no pueden cruzar, evidentemente tienen que frenarse, y es en ese momento cuando las ocho cohortes atacan como un mazo a aquella gigantesca masa de jinetes cuyo factor primordial táctico, la potencia de carga, ha sido anulado por el frenazo al que han sido sometidos. Como una verdadera muralla, en orden cerrado, los legionarios cesarianos atacan ferozmente a los jinetes pompeyanos de la primera línea destrozándoles el rostro a lanzazos. Ante la inusitada violencia del ataque, el pánico se apodera de la segunda línea pompeyana que no tarda en reunirse con sus compañeros caídos. Los jinetes de las siguientes líneas vuelven grupas tratando desesperadamente de escapar de aquella mortal encerrona y se origina una oleada de histeria colectiva que partiendo de las primeras líneas no tarda en alcanzar las últimas. Los jinetes pompeyanos de las primeras líneas en el flanco izquierdo, que están más cercanos al monte, escapan de la trampa subiendo la ladera a galope. Y en ese momento todos sus compañeros pueden verles escapar monte arriba. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos detenido? debían preguntarse los jinetes de las últimas líneas, y de repente ven como su ala izquierda escapa ladera arriba, por el único camino posible. La huida de parte del flanco izquierdo de la caballería pompeyana posibilitará ahora a las cohortes cesarianas más próximas al Dogandzis atacar también de flanco a los jinetes pompeyanos que se enfrentan ahora a la posibilidad de quedar atrapados entre las ocho cohortes y la Décima legión cesariana por un lado y el monte y su propia infantería ligera por otro. Y entonces estalla el pánico generalizado. Los jinetes de las últimas líneas vuelven grupas y se lanzan contra su propia infantería ligera a la que atropellan en su alocada huida. La caballería cesariana no pierde el tiempo y emprende la persecución de los jinetes pompeyanos a los que irán cazando por grupos por las laderas del Dogandzis.

Pompeyo observa boquiabierto la huida de sus jinetes, pero no puede hacer nada, ya que no ha previsto una reserva táctica. Sus legiones no sólo no pueden romper la línea cesariana, sino que los legionarios de César les están ganando terreno, inflingiéndoles muchas más bajas de las que ellos pueden hacerles a su vez. Ahora Pompeyo se queda mudo de espanto cuando desde su posición en la ladera del Dogandzis ve claramente cómo las ocho cohortes atacan a su infantería ligera, que previamente había sido atropellada por su propia caballería. Las ocho cohortes cargan contra los infantes ligeros empujándolos hacia el flanco izquierdo de su propia línea de combate. El resultado es que la infantería ligera pompeyana es aplastada contra la legión de la izquierda pompeyana y masacrada por los legionarios de César que se abren paso hasta el mismo flanco de la línea de combate pompeyana sobre un mar de cadáveres para embestir la legión de su izquierda. En ese momento a Pompeyo sólo podía salvarle lo que ocurriera en la ribera del Eunipeo, pero allí Marco Antonio dirige con eficacia el ala izquierda de César donde los infantes auxiliares cesarianos se baten como leones contra los legionarios de Pompeyo, demostrando que un soldado bien preparado y mandado puede enfrentarse a cualquier enemigo, aunque sean legiones romanas.

La retirada del ejército de Pompeyo

Probablemente Pompeyo se aferró a una última esperanza: que su caballería consiguiera reagruparse y contraatacar. Pero los jinetes que regresaron no fueron los suyos, sino los de César, para cargar contra la retaguardia del ala izquierda pompeyana.

Un soldado no hay nada a lo que tenga más miedo que a quedar rodeado. Y no estamos hablando de Stalingrado, donde las líneas se extendían kilómetros y kilómetros. En Farsalia todo estaba a la vista y el momento definitivo fue al aparecer la caballería cesariana para lanzarse contra la retaguardia del flanco izquierdo pompeyano. El propio Pompeyo huyó mudo de espanto a su campamento, seguido por toda su corte de gallinas cluecas optimates y dejando abandonados a sus hombres que quedaron a merced de sus errores y su prepotencia al pensar que la victoria era completamente segura y no pensar en todas las posibilidades. En ese momento las cohortes de la tercera línea de Pompeyo, que habían visto a su jefe huir, decidieron que no iban a dejarse matar por un general que les había dejado tirados y comenzaron la huida a la carrera hacia el campamento. Y la verdad es que ¿quién pude culparles de algo? Su propio jefe ya estaba a salvo en su lujosa tienda y ellos habían quedado sin mando y sin órdenes, y sobre todo, sin esperanza alguna en lograr la victoria, ya que ningún plan alternativo se había dispuesto. Como suele decir el chiste, el soldado contestaría que lo único que había hecho había sido obedecer a su general cuando dijo aquello de “¡Seguidme, yo os conduciré a la victoria!”. Pues los pompeyanos siguieron a su general… aunque a su campamento.

Bromas aparte, algunos estudiosos imaginan una huida alocada y sin orden de las cohortes pompeyanas, lo cual es cierto, ya que allí primó el “¡Sálvese el que pueda!”, pero también imaginan que la persecución cesariana se produjo de igual manera, cada cohorte a su aire, persiguiendo a la que se había enfrentado, y ello es un error grave. Yo no puedo imaginarme la línea de batalla de César rota en mil pedazos para perseguir al enemigo cuando aquella retirada podía ser una trampa. César nunca se hubiera arriesgado a que de repente los pompeyanos se reagruparan y cargaran contra él en las laderas del Dogandzis. De un soldado como César se puede esperar que arriesgue hasta el límite, pero no que sea tonto. La retirada al campamento fue frenética y allí es donde cohortes enteras debieron quedar aisladas y comenzaron las rendiciones en masa. Miles de pompeyanos se rindieron ante la imposibilidad de continuar la lucha. Sabían que César era clemente y que tenían la libertad asegurada, por lo que ¿para qué seguir luchando por una causa perdida? Ante los fosos y vallados del campamento de Pompeyo se repitió la misma escena de pánico: miles de hombres tratando de entrar en el campamento por sus estrechas puertas, sobre todo por la del sur, mientras las cohortes cesarianas se acercaban tranquilamente a terminar la faena. El valor de la desesperada resistencia que trataron de oponer los pompeyanos ante su campamento queda reflejado por el hecho de que Pompeyo huye de él antes de que un sólo cesariano haya puesto el pie en sus terraplenes. Es César en persona quien dirige la acometida al campamento, como fue él mismo quien dirigió la caballería en persecución de los germanos de Ariovisto nueve años antes, lo que claramente demuestra ansiedad. En el caso de los germanos por liberar a su amigo prisionero, en el caso de Pompeyo por poner fin allí mismo a la guerra y capturarlo con vida: no hace mucho Pompeyo había sido su amigo y había hecho feliz a su hija Julia. Y César no podía olvidar ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto, la decisión de lanzarse espada en mano al frente de sus hombres al asalto del campamento tiene un motivo lógico e importante, pero es sumamente arriesgado. Alejandro Magno (éste sí que era “Magno”…) lo hizo en Tiro y ello sirvió para que sus hombres escalaran los muros con más bríos. Y César, que sabía que sus hombres estaban muy cansados por el tremendo esfuerzo del combate, no dudó en arriesgar una vez más su vida poniéndose al frente de sus “muchachos”, consiguiendo de paso lo mismo que consiguió Alejandro: que sus hombres vieran redoblarse sus energías.

Frente a un jefe que se lanza a la lucha a la cabeza de sus hombres otro que los abandona disfrazado de mercader y escapa a uña de caballo hacia la costa dejando tirados a sus soldados que, sin embargo, continuarán la lucha demostrando que tal general no merecía aquellas tropas.

La resistencia pompeyana se derrumba. César salta de su caballo y corre espada en mano seguido de sus “muchachos”, cruza el foso del campamento, escala ayudado por sus hombres el terraplén, pasa por encima del vallado derribado y, jadeante por el esfuerzo, observa el caos producido en aquel recinto que dos horas antes sus defensores consideraran “inexpugnable”. Sus hombres le rodean orgullosos. Los pompeyanos que defendían esa zona arrojan sus armas y se rinden mientras miles de camaradas suyos escapan por la zona trasera del Praetorium al que ya se encamina César seguido de sus oficiales ante la asombrada mirada de miles de pompeyanos que observan en silencio al hombre que ha conseguido lo imposible. Pero los más asombrados son César y sus acompañantes al ver las tiendas de los nobles pompeyanos adornadas estrafalariamente como si de una fiesta se tratara. Boquiabiertos ante tal espectáculo de lujo y despilfarro, llegan a la tienda de Pompeyo, que más parece una sala de exposiciones que la tienda de campaña de un general, con sus obras de arte, estatuas, trofeos, tapices, triclinios y demás lujos y comodidades. Quien haya visitado el Museo del Ejército Español en Madrid habrá visto la famosa tienda que el emperador Carlos I de España y V de Alemania utilizó en sus campañas, con una cama, un escritorio y un par de sillas, como debía ser la de César, que cuenta entre asombrado e irónico en sus Comentarios que al ver el fastuoso ágape que habían preparado para celebrar la victoria se sentó a la mesa con sus hambrientos oficiales para dar buena cuenta de las viandas mientras sus “muchachos” también descansaban y disfrutaban brevemente de las comodidades y el botín que el campamento enemigo les ofrecía. Allí todo estaba preparado para la victoria, las tiendas se hallaban adornadas con guirnaldas y cada contubernium de cada centuria había dejado preparado cuidadosamente su propio festín para celebrar una victoria de la que disfruta ahora el enemigo. Ante César, los oficiales depositan nueve águilas pompeyanas.

En total, la batalla había durado menos de dos horas.

—— LAS BAJAS ——

César escribe en los Comentarios que tuvo 200 muertos por 10.000 pompeyanos. Parece una cifra muy baja la que nos da. ¿Miente César?. No, mentir no miente, pero evidentemente tampoco nos lo cuenta todo. Lo que ocurre es que en este caso “olvida” mencionar las bajas de los auxiliares y la caballería aliada. En realidad César no miente, ya que él habla de bajas “romanas”, es decir, de ciudadanos romanos, que posiblemente fueron doscientos a lo largo de la línea de combate (hablamos de veteranos combatiendo contra tropas bisoñas). Aunque, evidentemente, sumando las bajas de los auxiliares tanto de infantería como de caballería tendríamos una cifra calculada generalmente en torno a las 1.200 bajas que es la cifra más comúnmente aceptada por los historiadores (en esto sí estoy de acuerdo con la mayoría de mis ilustres colegas, que ya era hora). Pienso que la verdadera zona crítica de César fue su ala izquierda, ya que allí sus tropas auxiliares debieron enfrentarse a las cohortes españolas y fue donde mayor número de bajas tuvo. En realidad, Farsalia, más que una batalla fue una auténtica matanza de pompeyanos enviados literalmente al matadero. De las escasas dos horas que duró el enfrentamiento los pompeyanos llevaron la peor parte más de tres cuartas partes del tiempo, lo que nos da una idea de por qué se generaron tantas bajas, y más en la huida al campamento y la lucha entablada frente a él en el que los legionarios pompeyanos, cada uno por su lado, combatieron sin orden ni concierto contra sólidas cohortes formadas en orden de batalla. En esa situación es fácil imaginar miles de muertos pompeyanos contra apenas unas decenas cesarianas.

César escribe que perdió a treinta centuriones y lo destaca con gran dolor, entre ellos a su fiel Cayo Crastino. Treinta centuriones entre doscientos legionarios es una cifra altísima que nos da una proporción de uno a seis cuando la proporción en filas era de uno a sesenta, es decir ¡diez veces más!. Ésta es una de las claves que explican perfectamente por qué tuvo tan pocas bajas, al igual que ocurrió en Gergovia o en Dyrrachium donde son los centuriones los que salvan la situación. La pérdida de tantos oficiales nos explica que mantuvieron la situación bajo control hasta el último momento, sacrificándose para evitar bajas entre sus hombres. Los centuriones eran plenamente conscientes de su gran inferioridad numérica y sabían que debían evitar bajas a toda costa, aunque esa dedicación por evitarlas les acabara costando la propia vida.

En realidad, en lo que fue la batalla propiamente dicha, el choque entre las dos grandes masas de infantería, las bajas debieron ser muy pocas:

Hay algo que en las batallas de la Antigüedad puede sorprender, y es que generalmente los que pierden sufren muchísimas más bajas que los que ganan. Las batallas de espada no son como las de fusiles. En la Edad Contemporánea los ejércitos han sido más grandes, pero la proporción de bajas más pequeña. En ninguna batalla del siglo XX un ejército ha tenido la proporción de bajas que los romanos sufrieron en Cannas, Arausio o Adrianópolis, ya que entonces las batallas eran combates prácticamente a exterminio. Ni siquiera en batallas terribles como Stalingrado las bajas, que casi alcanzaron el 70%, fueron tan espantosas como en las batallas antes mencionadas. En realidad, con la retirada de la caballería pompeyana, terminó la batalla de Farsalia para comenzar “la matanza de Farsalia”. Los cesarianos masacraron a los infantes ligeros pompeyanos que lo único que pudieron hacer fue morir en cuestión de minutos sin ninguna posibilidad no ya de frenar la embestida cesariana, sino ni siquiera de defenderse físicamente. Y tras los infantes ligeros vinieron los legionarios pompeyanos, atrapados por delante por las legiones de César, por un flanco por sus propios compañeros de las otras legiones, por otro por las ocho cohortes y por detrás por la caballería de César. Como vimos en Cannas, el legionario romano necesitaba al menos un metro cuadrado para maniobrar. Si las filas se cerraban comprimiéndose, el espacio entre cada legionario se reducía impidiéndole maniobrar. Miles de legionarios romanos murieron en Cannas sin ni siquiera poder levantar su escudo para defenderse, apretados unos contra otros como ovejas en el matadero. En Farsalia, toda el ala izquierda pompeyana fue comprimida, aplastada por los cuatro costados, por lo que la matanza en aquella zona fue terrible.

No es sólo que los legionarios de César, avezados veteranos, fueran mejores que los pompeyanos y que cada cesariano muerto se hubiera llevado antes a unos cuantos pompeyanos por delante (En Cannas, se alternaron unidades galas y españolas en la media luna saliente y a pesar de estar alineados unos con otros, las unidades galas tuvieron muchas más bajas que las españolas). Es que, además, las tropas de Pompeyo fueron privadas de sus recursos tácticos incluso en el combate cuerpo a cuerpo, primero la caballería y después la infantería. Por eso las bajas fueron tan elevadas entre los pompeyanos:

CésarTotal fuerzasMuertos%
 31.4001.2003,82
PompeyoTotal fuerzasMuertos%
 66.20010.00015,10

Como vemos, si los dos ejércitos hubieran presentado una batalla convencional y tras una hora de combate se hubieran retirado cada uno a su campamento con las líneas intactas, las bajas hubieran sido aproximadamente de un 4 a un 5% por bando, lo que concuerda con las bajas cesarianas. Que los pompeyanos tuvieran casi ¡cinco veces! más bajas es la consecuencia de la carga de las ocho cohortes contra el flanco que comprimió sus líneas y la huida alocada que se tradujo en una verdadera carnicería al encontrarse los fugitivos atrapados entre el enemigo y sus propias fortificaciones. Las tajantes órdenes de César de respetar la vida de los enemigos que se rindieran en combate (gran número de pompeyanos tiraron sus espadas y se sentaron en el suelo mientras los cesarianos les sobrepasaban tranquilamente persiguiendo a los que huían) impidió que las bajas pompeyanas se dispararan. Miedo da pensar en lo que hubiera ocurrido si Pompeyo no huye y sus hombres le siguen. Si los pompeyanos se hubieran quedado clavados en el suelo como en Cannas o en Adrianópolis, ya que las bajas hubieran sido, con toda probabilidad, de más de un 80%. Claro, confiarse ante César era muy, pero que muy peligroso.

—— CONCLUSIÓN ——

La batalla de Farsalia es una obra maestra en la que uno de los contendientes aprovecha en su propio beneficio las enormes ventajas tácticas del otro. Una obra de genios que tan sólo Alejandro, Aníbal, César y Napoleón conseguirán a lo largo de la Historia de manera tan rotunda, tan definitiva. De ellos, tan sólo Alejandro y César morirán invictos, triunfantes en la cumbre de su poder, demostrando que además de genios de la táctica fueron maestros de la estrategia. Frente al proyecto de Alejandro, diluido tras su muerte, César conseguirá dejar los cimientos del Imperio Romano listos para ser edificado. Farsalia fue el inicio de todo aquello, la batalla en la que se decidió que Roma se convertiría en un Imperio Universal como el que soñó Alejandro siglos antes y que ahora César iba a convertir en realidad.

FUENTE

http://mural.uv.es/roaljo/Farsalia.htm

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