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VESTA o HESTIA, DIOSA GRIEGA por María José Fernandez

VESTA o HESTIA, DIOSA GRIEGA

Desde el período clásico en adelante se creía que había doce dioses principales, idea que se derivó de consideraciones de culto más que puramente mitológicas. El culto a los doce Dioses surgió en Asia Menor durante el período arcaico y se estableció de forma permanente en la Grecia continental durante el siglo V a. C.

Píndaro hace mención del culto de los Doce Dioses en Olimpia, donde se los veneraba en seis altares. La lista canónica de los Doce, tal como se estableció en Atenas y fue posteriormente transmitida a Roma es la siguiente: Zeus, Hera, Poseidón, Deméter, Apolo, Artemisa, Ares, Afrodita, Hermes, Atenea, Hefesto y Hestia a la que se denominó Vesta en Roma

En la mitología griega Hestia es la diosa de la cocina, del hogar, de la arquitectura y del fuego que da calor en los hogares.

Diosa pacífica, primogénita de los titanes Cronos y Rea y a quien el padre devoró nada más nacer. Y así fue la ultima expulsada del cuerpo de su padre cuando Zeus le dio el vomitivo y devolviese al mundo a todos sus hijos.

Hestia fue cortejada por Poseidón y por Apolo pero juró mantenerse virgen  sobre la cabeza de Zeus y de este modo evitó la disputa entre ambos dioses olímpicos.

Hestia nunca salía del Olimpo y no se inmiscuía en disputas entre el resto de los dioses y cuando fue admitido Dionisos en el Olimpo ella le cedió el puesto dedicándose a conservar encendida la antorcha del fuego sagrado.

Vesta, diosa del fuego, era hija de Saturno y de Cibeles. Su culto fue introducido en Italia por el príncipe troyano Eneas, cinco siglos después Numa le erigió un templo en Roma en el que se guardaba el paladión y se mantenía continuamente vivo el fuego sagrado.

Se la representa vestida con larga túnica y la cabeza cubierta por un velo. Con una mano sostiene una lámpara o bien una antorcha y otras veces empuña un dardo o el cuerno de la abundancia.

Sus sacerdotisas llamadas vestales, fueron elegidas primeramente por los reyes, y después por los pontífices. Debían ser éstas de condición libre y sin defecto físico alguno. Era su misión principal custodiar el templo de Vesta y mantener siempre encendido el fuego sagrado, símbolo de la perennidad del imperio. Si el fuego se apagaba producíase en la ciudad una aflicción general se interrumpían los negocios públicos, se creían amenazados por las mayores desgracias y no renacía la tranquilidad hasta que de nuevo se había obtenido el fuego sagrado, que los sacerdotes se procuraban directamente de los rayos del sol, bien del fuego producido por el rayo o ya por medio  de un taladro que se hacía girar con gran velocidad en el orificio practicado en un trozo de madera.

Las vestales debían observar riguroso celibato, su castidad e inocencia habían de ser ejemplares. El castigo que a las culpables se imponía era la muerte…. ¡Y qué clase de muerte! La vestal era enterrada viva. La infortunada bajaba al sepulcro en medio de las ceremonias más espantosas: el verdugo colocaba a su lado una lamparita, un poco de aceite, un pan, agua y leche y después cerraba el sepulcro sobre su misma cabeza.

Las vestales

Las vestales hallaban en la consideración de sus conciudadanos y en la distinción de que eran objeto, digna compensación de las privaciones a que vivían sometidas. Todos los magistrados les cedían el paso. En asuntos de justicia, su palabra era por sí sola digna de todo crédito. Cuando salían de su morada iban precedidas por un lictor provisto de las fasces rituales y si al pasar una vestal por la calle se encontraba con un criminal que llevaban al suplicio le salvaba la vida solo con afirmar que el encuentro era fortuito.

Los testamentos, los actos más secretos, las cosas más santas eran a ellas confiados. En el circo tenían asignado un sitio de honor. La manutención y demás gastos que su vida exigía corrían a cargo del tesoro del estado.

Cuando habían cumplido treinta años de servicio sacerdotal les era permitido volver al mundo y sustituir el fuego de esta por la antorcha del himeneo. Pero raras veces usaban de un privilegio que les era concedido en época ya tardía, la mayor parte de ellas preferían pasar el resto de sus días allí donde había transcurrido su juventud  y entonces servían de guía y ejemplo a las novicias que ellas iniciaban.

Bibliografía:

– El gran libro de la Mitologia Griega de Robin Hard

https://www.amazon.es/gran-libro-mitolog%C3%ADa-griega-2009-11-01/dp/B00HNDOV5M

Mitología griega y romana de J. Humbert

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