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Los irreductibles hispanos son los responsables de que el año comience en enero

Gracias a Asterix y Obelix y, sobre todo, a la poción mágica que elaboraba Panoramix, el término de «irreductibles galos» ha dado el salto del cómic al imaginario popular, haciendo creer que los romanos las pasaron canutas para conquistar la Galia. Y no digo que fuese un paseo militar, pero parece lógico pensar que el calificativo de irreductible es más propio de un pueblo al que costó someter dos siglos -Hispania- que al que se tardó poco más de 8 años, como la Galia. Apuntado el detalle, veamos cómo influyeron los irreductibles hispanos (pueblos prerromanos) en el calendario.

Los romanos tenían su propio calendario desde la fundación de Roma en el 753 a.C., y estaba compuesto por 10 meses (Martius, Aprilis, Maivs, Junius, Quintilis, Sextilis, September, October, November y December) y 304 días. Tenía la particularidad de comenzar el año en las calendas de Martius (1 de marzo), bajo los auspicios del dios guerrero Marte, ya que era la fecha que marcaba el inicio de las campañas militares con la designación de los cónsules con un mandato de periodicidad anual.

Lógicamente, el año se quedaba muy corto y las cosechas, fundamentales en una sociedad eminentemente agrícola, bailaban caprichosamente a lo largo de los años. En torno a 700 a.C., Numa Pomplio, el segundo rey de Roma tras Rómulo, arregló parcialmente el problema añadiendo dos meses al final del año, Ianarius y Februarius, dejando un calendario de 12 meses y 355 días. Como todavía faltaban 10 días para completar el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, se iban añadiendo los días restantes en ciclos de 8 años. Un follón… hasta que llegó Julio César.

Ni corto ni perezoso, porque él lo valía y ya ejercía de dictador -título concedido por el Senado para momentos puntuales, y no para 10 años como él mismo se proclamó-, añadió 10 días al calendario que repartió caprichosamente entre varios meses. Por tanto, ya tenemos el calendario de 365 días y todo arreglado. Pero no. Porque poco antes de su muerte, en los idus (15) de marzo del 44 a.C, trajo de su retiro de Alejandría al sabio Sosígenes para que arreglase un nuevo problema: el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol duraba 365,25 días y no 365,00. Así que, como dicen en mi tierra, «vuelta la burra al trigo».

Una comisión del Papa Gregorio XIII dictaminó que se perdieran 10 días en el recuerdo de la historia

Ese pequeño margen de error determinaba que cada cuatro años el calendario solar se desviaba un día, y Sosígenes lo puso en hora añadiendo un día cada cuatro años, el año bisiesto de 366 días. Lo de bisiesto son cosas de la etimología, porque deriva de bis sextus (dos veces sexto). Este nuevo día se intercaló entre el 23 (sextus dies ante calendas martias, sexto día antes del 1 de marzo) y el 24 de febrero , o sea, dos veces sexto día antes del 1 de marzo. Además de cambiar el nombre del mes Quintilis por el de Julius, en honor a Julio César, a este calendario se le llamó Juliano. Operación que se repitió con el mes de Sextilis y Octavio Augusto.

Este calendario funcionó correctamente hasta que en 1582 se descubrió que las apreciaciones de Sosígenes también estaban un poco desfasadas: no eran 365,25 días sino 365,2422 días el periodo de traslación. Así que, el papa Gregorio XIII organizó una comisión de sabios (entre los que estaba el español Pedro Chacón) que determinó las siguientes medidas para adaptar al calendario a la nueva realidad:

– Serán bisiestos todos los años múltiplos de 4, excepto los terminados en 00 cuyas primeras cifras no sean múltiplos de 4. Lo fueron 1600 y 2000, no lo fueron 1700, 1800, 1900. Caso curioso es 4000 que, siendo múltiplo de 4, la comisión determinó que no fuese bisiesto (¿?). Pero este último dato, personalmente, no me importa mucho…

– Saltar diez días en el calendario. Se pasó del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre. En el transcurso de la historia se perdieron estos 10 días.

La pérdida de estos diez días determinó que los fallecidos el 4 de octubre no fueron enterrados hasta el 15 de octubre y que fuesen los diez días más tranquilos de toda la historia. Este calendario, llamado gregoriano, está en vigor a fecha de hoy y fue adoptado poco a poco por todos los países: primero los católicos, en 1700 los luteranos (con once días de retraso respecto al nuevo calendario), en 1752 los ingleses… y, por último, los griegos en 1927 (con trece días de retraso). La disparidad de criterios a la hora de adoptar el calendario gregoriano dio lugar a que Cervantes y Shakespeare falleciesen el mismo día, aunque solo nominalmente, porque España e Inglaterra se regían por diferentes calendarios.

¿Dónde hemos dejado el comienzo del año? Echando marcha atrás, veremos que se quedó en el 1 de marzo. Así que, retomemos esa fecha. Como hemos dicho, para los romanos el comienzo del año se asociaba con la fecha en la que se nombraban los dos cónsules y, por tanto, daban comienzo las campañas de conquista a lo largo de todo el mundo conocido. Pero los irreductibles hispanos cambiaron las reglas del juego -es lo que tiene rebelarse contra el opresor cuando tú quieres y no cuando él espera-.

En palabras del historiador Tito Livio, «en el año 598 de la fundación de Roma [153 a.C.], los cónsules entraron en la magistratura en las calendas de Ianarius [1 de enero]. La causa de este cambio fue una rebelión en Hispania».

Cuando los territorios a conquistar eran cercanos a Roma, era suficiente con nombrar a los cónsules en Martius (marzo), comienzo de la primavera, ya que daba tiempo a reclutar las legiones, invocar a los dioses, marchar, triunfar y volver victorioso antes de que se les echase el invierno encima.

Otra cosa muy distinta es cuando tu objetivo está a cierta distancia o necesitabas una intervención militar inmediata. Y eso ocurrió en el 153 a.C., cuando los arévacos de Numancia (Soria) y los belos de Segeda (cerca de Calatayud) se levantaron en armas contra los romanos y hubo que nombrar rápidamente a los cónsules en las calendas de Ianarius (1 de enero) en lugar de esperar a marzo para que la cosa no fuese a mayores.

Aunque de ingrato recuerdo, Roma fijó el comienzo del año el 1 de enero… por culpa de los irreductibles hispanos.

FUENTE

https://www.eleconomista.es/historia/noticias/9955830/06/19/Los-irreductibles-hispanos-son-los-responsables-de-que-el-ano-comience-en-enero.html

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