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Así es como la ciencia acabó con los “vampiros”

El vampirismo se convirtió en un miedo real que marcó la agenda política, científica y teológica del siglo XVIII.

El  primer caso de vampirismo registrado en la historia de la humanidad se remonta a 1718, ocurrió en una comunidad de Serbia. Los lugareños, según explica Álvaro García Marín, investigador del Departamento de Filología Griega y Latina de la Universidad y autor del libro Historias del vampiro griego, los serbios de la época estaban convencidos de que todos sus males y enfermedades estaban relacionados a una “epidemia de vampiros” por lo que amenazaron a las autoridades con abandonar todos juntos el pueblo que habitaban.

“Para no perder contribuyentes, las autoridades intervienen haciendo lo que se les pide: desentierran cadáveres, hacen autopsias y queman a los muertos para que no se levanten”, explica el investigador español.

De ese tiempo a la fecha la imagen del vampiro ha recorrido el planeta y forma parte del inconsciente colectivo de los humanos. Su rostro pálido, sed de sangre y calidad de muerto viviente eterno, nos asalta en las noches solitarias o cuando la mente está inquieta. Él es la representación del miedo.

Puede que hoy puede que poco a poco su imagen se haya transformado en una figura romántica de la literatura o la cultura pop, pero hubo un tiempo en Europa en el que el vampirismo fue un asunto de primer orden que marcó la agenda política, científica y teológica del siglo XVIII.

“Aunque los primeros testimonios sobre vampiros que se conservan datan del siglo XVI en Grecia, el miedo real a estos seres irrumpe y se expande por toda Europa durante el Siglo de las Luces” explica García Marín. Los sucesos ocurridos en 1718 en Serbia llegan a manos de la prensa y de allí se expande por todo el continente convirtiéndose en tema de debate entre la gente de los pueblos, los religiosos, políticos y filósofos. Se tiene registro de que Rousseau y Voltaire hablaron del tema. El primero habla sobre el tema en una carta abierta al arzobispo de París que data de 1763 y el segundo le dedica toda una entrada de su diccionario filosófico de 1772.

La ciencia tuvo que entrar en acción para terminar con el pánico provocado por el vampirismo, todo a través de la medicina. El objetivo era demostrar que un “muerto” muerto no puede volver a la vida. Comienzan analizando las señales y las marcas de los cadáveres acusados de levantarse de su tumba, explicando con hechos que fenómenos como el crecimiento anormal de las uñas o el pelo, la incorrupción del cuerpo o su hinchazón se achacaron a causas naturales como la falta de humedad, la calidad del aire o del terreno en que se hallaba enterrado.

“El objetivo era encontrar una explicación física para no recurrir a lo sobrenatural. Al hacerlo, apaciguan el temor de la gente y logran expandir la fama de la ciencia y dominar el discurso sobre la muerte, que estaba siempre unido a la religión”, señala el investigador.

La Iglesia católica también se siente muy interpelada por la cuestión porque entra en conflicto con algunos conceptos de la propia religión. El vampiro no deja de ser la idea del muerto que volvía a la vida, como una parodia de lo que pasó con Jesucristo. Por eso, intentan desmentirlo a través de la fe, pero no tienen el mismo éxito que la ciencia”, añade el filólogo.

El filólogo explica que en su concepción original los vampiros no eran estos seres de la noche de colmillos largos que bebían la sangre de sus víctimas, sino muertos milenarios que habían cometido algún tipo de pecado u transgresión religiosa “que afectaba a la cohesión de la comunidad, no se descomponían ni seguían el camino hacia el más allá”.

“Para la gente de la época, estos cuerpos podían levantarse de la tumba, generalmente de noche, para causar mal al resto de la población. A veces estrangulaban a la gente y en otras ocasiones se les culpaba de algunas enfermedades. Pero no chupaban sangre ni tenían los colmillos largos. Hace siglos, el hecho de que chuparan sangre no era una creencia general, sino más bien marginal que pudo darse en algún lugar”, sostiene el experto.

Las características que le conocemos llegaron con Drácula, de Bram Stoker (1897).

“Aunque también hay un texto que pudo haber influido en la difusión de esta característica. En el año 1732 un autor satírico publica el texto Polytical Vampyres en la revista Craftsman. En el artículo, el escritor se refiere a la clase política dirigente de entonces como vampiros que chupan la sangre de los ciudadanos al imponer unas tasas excesivas. Esa imagen se va a generalizar”, añade.

FUENTE

https://codigoespagueti.com/noticias/ciencia/ciencia-acabo-con-los-vampiros/

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