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La misteriosa muerte de Lucky Luciano, el gran «Don» de la Mafia italiana

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El 26 de enero de 1962 fallecía en extrañas circunstancias el padre del crimen organizado moderno. Poco después de estrecharse la mano con un productor interesado en llevar su vida al cine, el italiano cayó fulminado en el aeropuerto

«Ha muerto un gánster de película cuando iban a rodar su vida», con este elocuente resumen titulaba la revista Blanco y Negro la noticia sobre el repentino fallecimiento de Charles «Lucky» Luciano en el aeropuerto de Nápoles. Después de conseguir su libertad tras cumplir solo 9 años de una condena de más de 30 años en EE.UU, Luciano se refugió en Nápoles, donde fue recibido como una celebridad especialmente entre los turistas y los marineros norteamericanos. El que fuera cerebro del boom del tráfico de heroína a nivel mundial se enfrascó, quizás animado por su popularidad, en la empresa de hacer una superproducción sobre su vida. Sin embargo, pocos minutos después de estrecharle la mano al productor de cine, el mafioso italiano se echó la mano al pecho y falleció de un supuesto infarto. Inmediatamente, el productor fue acusado por la opinión pública italiana de ser un agente del FBI y el envenenamiento elevado a la causa más probable de su muerte.

Desde luego la carrera delictiva de Luciano no abandonó nunca los focos del FBI, ni siquiera cuando se trasladó a Italia. Nacido como Salvatore Lucania en la ciudad siciliana de Lercara Friddi, el italiano asumió su nuevo nombre cuando su familia emigró a los Estados Unidos en 1907. No en vano, a su llegada a la Isla de Ellis, punto de recepción de los emigrantes, las autoridades sanitarias le diagnosticaron viruela, enfermedad que le dejaría marcado el rostro de por vida, y tuvo que pasar la preceptiva cuarentena antes de poner pie en Nueva York. Como si de la vida cinematográfica de Vito Corleone se tratara, la familia de Luciano buscaba en EE.UU. la vida honrada y tranquila que la mafia niega a las poblaciones rurales de Sicilia, y se encontró con que ésta también había cruzado el charco.

Charles «Lucky» Luciano desarrolló su talento en el mundo del crimen de forma muy temprana. En 1915, con 18 años de edad, ya tenía su propia banda en East Harlem y recibió su primera sentencia como adulto por vender heroína y morfina. Por entonces, el joven mafioso se relacionaba con familiaridad con otros capos como Frank Costello –que sería llamado «El primer ministro de la mafia italiana»–, con Arnold Rothstein, o con el célebre Al Capone, a los que intentó persuadir de que el futuro estaba en el negocio de la heroína. No en vano, su presente, en los años de la Ley Seca, era el contrabando de alcohol, donde se concentraban los ojos de los grandes capos de la época.
La heronía y la prostitución: sus pilares
Aunque también se dedicaba al contrabando de alcohol y al negocio del juego, la actividad que sentó las bases de su imperio criminal fueron los locales de prostitución, que administraba con el empleó de la narcoprostitución, es decir hacía a las prostitutas adictas a la heroína y las pagaba con droga. Su éxito llamó la atención de la banda de Joe Masseria, que era por entonces el «Don» más poderoso de Nueva York, a la que se unió Luciano por un breve periodo de tiempo. La forma de entender el negocio criminal del joven siciliano, que priorizaban ganar dinero por encima de preservar los viejos valores ideales de la mafia (el «honor», la «tradición», el «respeto» y la «dignidad») terminó enfrentándole con el veterano Masseria.

Luciano, que debía su imperio a la ayuda del ruso Meyer Lansky y al calabrés Frank Costello, encabezó unas lucha contra el orden establecido que despreciaba a cualquiera que no fuese siciliano o, al menos, italiano. Para Luciano, sin embargo, lo importante era ganar dinero sin que importasen los orígenes de sus socios. Así lo había hecho desde su jueventud, como Al Capone en Chicago, para enojo de la vieja guardia, profundamente racista.

En 1929, fue víctima de un ataque ordenado por Salvatore Maranzano –enemigo de Masseria– que le causó una grave herida de arma blanca en la cara. Pese a esta marca y las ocasionada por la viruela, el joven gánster estaba considerado un hombre muy atractivo por las mujeres. Y eso que, también en su juventud, una paliza propiciada por un agente de policía, con cuya hija el italiano mantenía una relación, le dejó maltrecho un ojo (razón por la que en la mayoría de fotografías que se conservan aparece con gafas de sol).

La tímida respuesta de su banda frente a la agresión de Maranzano convenció al capo siciliano de que era el momento de tomar el control. La llamada guerra de Castellammarese, que transcurrió entre 1929 y 1931, involucró al resto de familias italianas y finalizó con la muerte de Masseria en un restaurante de Coney Island a manos de hombres de Luciano. Tras la guerra, asumió el control de la banda y se alió paradójicamente con Maranzano, quien convocó a las cinco familias de Nueva York para garantizar la paz. Durante la reunión se autoproclamó «capo di tutti i capi», lo que significaba que cada «Don» habría de compartir los beneficios con él. Pero como suele ocurrir en temas mafiosos, la paz no trajo la calma sino nuevas conspiraciones subterráneas. Advertido por su mano derecha, Lansky, de que Maranzano tramaba asesinarle, Luciano se adelantó a la jugada de su aliado y ordenó la muerte del «capo di tutti i capi».
La victoria de Luciano vino acompañada de una reforma del máximo órgano mafioso, la Comisión –formada por los jefes de las Cinco Familias de Nueva York y el jefe del Chicago Outfit, «la oficina» de Nueva Jersey y de las familias criminales de Kansas, Los Ángeles y Detroit–, donde todos los jefes tenían el mismo voto, pero el siciliano se designó como el primero entre iguales. Al mismo tiempo, reorganizó su propia familia, la Genovese, nombrando a Vito Genovese como su segundo y a Frank Costello su consiglieri.

La década de los años 30 fue la del crecimiento del tráfico de heroína, cuyo entramado internacional vertebraba la organización de Luciano, pero también fue la de la caída del capo. El Fiscal Especial Thomas E. Dewey consiguió en 1936 lo que nadie siquiera había rozado: una acusación en firmel contra Luciano por proxenetismo. El fiscal realizó redadas generalizadas en un buen número de burdeles del italiano hasta encontrar a alguna prostituta que, no sujetas a los mismos códigos de lealtad que los miembros de las familias mafiosas, estuviera dispuesta a implicar a Luciano como jefe supremo del entramado de burdeles a cambio de una rebaja de su pena.

Desde la prisión, Luciano continuó al mando de los negocios de la familia a través de su segundo Vito Genovese, quien, en 1937, también tuvo que huir a Nápoles para evitar ser encausado por asesinato, ocupando Costello su lugar. Condenado a más de 30 años de condena, la entrada de EE.UU en la II Guerra Mundial dio una oportunidad a Charles «Lucky» Luciano para salir de prisión. En 1943, la Inteligencia Naval americana reclamó su ayuda para desmontar la red de espionaje alemana en Sicilia. El poderoso gánster movilizó en solo dos meses a toda la mafia siciliana, que posteriormente colaboró con la invasión aliada de la isla.

En compensación, Luciano fue liberado, para ser deportado a Roma. Años después, como prueba de que nunca abandonó la dirección de sus negocios, el italiano fue expulsado de nuevo a Italia por las autoridades estadounidense tras ser identificado en La Habana, probablemente con motivo de la gran conferencia mafiosa que tuvo lugar en esta ciudad en 1947. Un histórico encuentro de la mafia estadounidense y líderes de la Cosa Nostra que sirvió para discutir asuntos políticos y el establecimiento de una red internacional de narcotráfico.

La Cosa Nostra, molesta con la película
Luciano se refugió en Nápoles, donde, a pesar de procurar no llamar mucho la atención, atrajo las miradas de los turistas americanos que le trataban como una celebridad de Hollywood. Tras tantos años fuera de su tierra de nacimiento, el mafioso anhelaba su vida en Nueva York –país que consideraba como su verdadero hogar–, sin dejar pasar las ventajas que le ofrecía su nueva residencia. Aunque en Italia estaba sometido a una constante persecución policial, fue capaz de poner en marcha una red para importar heroína desde el norte de África a través de Italia y Cuba hacia los EE.UU. y Canadá. Sus conexiones durante la Segunda Guerra Mundial con grandes jefes de Sicilia como Don Calogero «Calo» Vizzini, le facilitaron el negocio criminal y abrieron una nueva línea: «The French Connection». La asociación entre los sicilianos, la mafia de Córcega y la de Marsella, que suministraba heroína de alta calidad de grado farmacéutico, inauguró una edad de oro en el tráfico de esta droga.

La muerte de Luciano, sin embargo, llegó cuando sus negocios empezaban a decaer. Tratando de emular la popularidad de Al Capone, del que se había filmado una decena de películas, el siciliano contactó con el productor americano Martin Gosch para rodar una cinta sobre su vida. El 26 de enero de 1962, Gosch fue recibido en el aeropuerto de Nápoles por «Lucky», que poco después de estrecharle la mano lanzó su mirada al infinito y perdió la estabilidad. Asustado, el productor le preguntó: «¿Estás enfermo, Charlie? ¿Qué te ocurre?». Luciano respondió con un escueto «nada» antes de caer muerto en el suelo. Gosch declaró posteriormente que desde el primer vistazo percibió que el capo no se encontraba bien y parecía bajo los efectos de algún tipo de droga. Aunque nunca se supo con certeza la causa y los sucesivos informes médicos se contradijeron entre sí, la prensa de la época vio claros indicios de que el italiano pudo ser objeto de un envenenamiento y estimó la presencia de veneno en sus vísceras. Todavía hoy la causa oficial de su muerte es un infarto.
Además del FBI y de otras organizaciones policiales, incapaces de levantar un caso en Europa contra Luciano, las sospechan recayeron directamente sobre la propia mafia siciliana. Aun sabiendo perfectamente que la discreción y el silencio eran reglas sagradas en la Cosa Nostra, el capo siguió adelante con sus intenciones de rodar una película autobiográfica. Con sesenta y cuatro años de edad, «Lucky» creía tener poco que perder y autorizó el proyecto, frente al creciente malestar en la cúpula de la Cosa Nostra. Su repentina muerte zanjó los temores a ver los secretos de la organización convertidos en un espectáculo.

Fuente: ABC

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