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El misterio del Reina Regente: su desaparición como por arte de magia

reina regente

En algún lugar indeterminado del triángulo que va desde el Estrecho de Gibraltar a Tánger y Cádiz se hundió uno de nuestros más grandes cruceros (y solo sobrevivió un perro)

“Todo español de bien debe mear mirando siempre hacia Inglaterra”.
–Blas de Lezo
–¿Por qué reza si es ateo?
–Rezo por el atisbo de fe que me queda y por la fidelidad a la inocencia que tuve.
Así oraba un alférez anónimo en la ciudad de Cádiz en el año 1895 en la dársena militar ante un oficial superior, algo sorprendido por su repentina conversión y ataque de religiosidad a sabiendas de las costumbres de su “descarriado” colega de armas.
La incertidumbre se había apoderado de los mandos de la Armada y razones no faltaban. El crucero Reina Regente, una moderna nave de combate de última generación de bella factura y líneas inapelables, había desaparecido como por arte de magia el día anterior en su travesía desde Tánger a Cádiz para acudir a la botadura de otra nave de similar porte, el Carlos V.
Construida en Escocia, adolecía de falta de estanqueidad, exceso de desplazamiento para una eslora demasiado corta, y aunque la dotación artillera era de última generación y la potencia de fuego enorme, elevaba el centro de gravedad del buque en la superestructura u obra muerta, de manera que gravaba la navegación con mar dura, llegando a crear en ocasiones el efecto bumerán de retroceso, también llamado efecto submarino, situación más que delicada cuando la proa “hinca” en el agua, por la consiguiente pérdida de gobierno.

Tras dejar a una representación marroquí en Tánger, la idea del comandante era la de volver para la botadura de su par al día siguiente en Cádiz. Esta decisión hoy todavía es considerada como tremendamente arriesgada a la luz de lo ocurrido posteriormente y más atendiendo las advertencias en contra por parte de los pescadores locales, de la autoridad portuaria y del cónsul español en funciones. Al salir del puerto magrebí en dirección hacia la capital andaluza, de forma súbita, una tremenda borrasca de violencia inusual, probablemente de intensidad 10 en la escala Beaufort, esto es, de vientos huracanados, visibilidad nula y olas de altura descomunal, sorprendió a la nave ya en alta mar, recién cerrado el puerto africano por aviso de temporal. A posteriori, es difícil valorar si con todos estos indicios no habría sido más prudente evitar el riesgo asumido.
Varios vapores y mercantes en ruta hacia puertos de abrigo se habían topado con el buque, que evidenciaba a las claras serias dificultades de maniobra para mantener el rumbo. Además, la caída sostenida del barómetro no pronosticaba una mejora del escenario y las comunicaciones telegráficas estaban cortadas por la enorme violencia atmosférica desatada.

Consternación y olvido
El infortunio iría revelando de a poco la tragedia ocurrida a la desdichada nave, cuando en las playas gaditanas comenzaron a aparecer restos del malhadado buque. La prensa nacional e internacional entró en ebullición. De los 414 hombres que componían la tripulación, dos de ellos se salvarían como consecuencia de una melopea antológica y por ello mismo no pudieron embarcar habida cuenta de las enormes dificultades para mantener la verticalidad, mas allá de la falta de puntualidad y un arresto más que seguro.
Pero la vida está llena de contrapuntos.

Cuando participaba en las tareas de búsqueda, un buque inglés rescató a un perro Terranova aferrado a un trozo de balsa. El can, propiedad del alférez de navío, Don José María Enríquez, estaba embarcado en el Reina Regente como mascota de este oficial y fue adoptado sin reservas por toda la tripulación. Rápidamente, el animal sería llevado a la zona de calderas y envuelto en mantas e “hidratado” con una pócima de excelente whisky escocés rebajado con café hecho ex profeso para entrar en calor. El caso, es que ya fuera para reponerse del susto o por recomendación médica, el can fue tratado terapéuticamente con agua de fuego hasta la llegada del barco a la barra de Sanlúcar de Barrameda en espera de la subida de la marea para arrumbar a Sevilla.
Para sorpresa de sus benefactores, el chucho se tiró por la borda en dirección a la cercana playa, de lo que se deduce que ya se había repuesto del soponcio. Tras callejear un rato, las crónicas cuentan que dio con la casa de su amo, un oficial del Reina Regente, dato este ampliamente contrastado por la prensa de la época. La muy discutida supervivencia del perro, dio pábulo a todo tipo de especulaciones que van desde las más surrealistas a las de corte directamente fantástico, pero lo que sí parece ser cierto es que en el Clyde, que era el nombre del buque inglés que durante el rastreo colaboró en las acciones de búsqueda, los tripulantes atestiguan rotundamente que el animalito en cuestión era de verdad y no de cartón piedra.
Pero tras la consternación generalizada, vino el manto del olvido, y un silencio absoluto selló el sudario oceánico en algún lugar indeterminado del triángulo que va desde el Estrecho de Gibraltar a Tánger y Cádiz. Luego vendría el informe técnico de lo ocurrido con muchas incongruencias y contradicciones para salvar reputaciones, nombres y honor en un ambiente en el que no cabían discrepancias ante la intensidad del duelo nacional. Varios de los comandantes que dirigieron la nave antes de su desaparición en diferentes travesías, argumentaron deficiencias de bulto como la ya mencionada de embarcar agua con mar gruesa e informes negativos en lo relativo a la recuperación de escora cuando el oleaje fuerte golpeaba por las amuras.

Un año fatídico para la Armada
En este punto, cabe recordar que uno de sus comandantes, el capitán de navío Paredes, ya en 1892 había propuesto la reducción de la artillería para buscar una compensación entre los pesos altos y los situados bajo cubierta, recomendaciones que no fueron atendidas. Asimismo, la comisión técnica encargada de esclarecer las causas apuntaría la posibilidad de que el durísimo temporal inundara los compartimentos de proa por la ya anteriormente indicada dudosa estanqueidad y mal sellado de las juntas de las torretas a la obra muerta.
Otra de las alternativas barajadas pudo ser que la parte posterior de la carena en la zona de timón y hélices, recibiera un fuerte impacto de un potente golpe de mar y quedara sin gobierno y al garete, esto es, cruzada y expuesta al no poder aproar correctamente y con la velocidad ajustada a las necesidades de adaptación al ciclón. Por último, quizás la excesiva confianza del capitán don Francisco Sanz, aunada a la urgencia por llegar a la botadura del Carlos V al día siguiente en Cádiz, y el azar de la tragedia no anunciada, pues el estrecho está plagado de naufragios imprevistos por ponientes o levantes traicioneros, dieran a aquellas almas un destino diferente.

Aquel año de 1895 no ahorraría sustos a la Marina de Guerra española. En Cuba, otro crucero, el Sánchez Barcaiztegui, una noche del 18 de septiembre con todas las luces apagadas, en busca de un buque filibustero, doblaba la punta del Castillo del Morro, cuando abordado por el vapor Conde de la Mortera que entraba en demanda de puerto fue embestido de manera fulminante y en siete breves minutos, sin tiempo de reacción, se fue a pique. Otra vez problemas de diseño con la siempre delicada estanqueidad (no existía la compartimentación celular o cámaras estancas todavía), se llevaría a medio centenar de hombres a los abismos del silencio.
Quedaban menos de tres años para el golpe a traición del “amigo americano”, y partíamos con un hándicap notable; dos cruceros imprescindibles se habían ido a las profundidades, y al ilustre Isaac Peral se le habían puesto todo tipo de obstáculos para que no pudiera fabricar el “arma definitiva”, el submarino que nos podría haber dado una ventaja decisiva en la Guerra de Cuba.
El Dios de la mediocridad llora sobre España.

Fuente: El Confidencial

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