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EL CEMENTERIO DE PERE LACHAISE

Miguel Timon Cañadas

EL CEMENTERIO DE PERE LACHAISE

“Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. París la hermosa, París la que para una gran mayoría es la ciudad más bella del mundo, París la ciudad del amor y de la luz, la primera que emergió de las tinieblas dotando a sus calles de luz eléctrica, Montmartre, la basílica del Sagrado Corazón, la catedral de Notre Dame, los Inválidos, la torre Eiffel, el museo del Louvre, y tantos otros lugares… En definitiva París, el recuerdo para muchos de unas vacaciones dotadas de visiones maravillosas e instantes de felicidad, guarda por contraposición para todos, la más terrible de las certezas e insondables oscuridades, y es que si hay algo de lo que podemos estar seguros, si hay algo que no me perdonará a mí ni a ti, lector amigo, esa será la muerte, la parca, la guadaña, la que según Jim Morrison llegará en hora extraña…

Si bien la cotidianidad de esta vida ajetreada que llevamos en estos tiempos que corren hace que no nos paremos a pensar en ella a menudo, en Père-Lachaise el visitante encontrará ese despertar de la conciencia del que nos hablaban los versos del español Jorge Manrique hace ya más de 500 años.

Siguiendo su obra más conocida “Coplas a la Muerte de su padre” puede también leerse otro magnífico verso que dice:
“Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados”.
Y eso es el cementerio de Père-Lachaise, versos dentro del poema de Manrique que nos recuerdan que, más tarde o más temprano, todos hemos de morir irremediablemente e independientemente de nuestra condición en la vida.
Atras quedaron los lugares más conocidos de París y algunos de sus otros cementerios del siglo XIX, en el norte, el cementerio de Montmartre; al sur, el cementerio de Montparnasse, no muy lejos las catacumbas y, al oeste, el cementerio de Passy y así nos adentramos ya en el cementerio más legendario e importante de la ciudad situado al este de la misma donde el visitante podrá comprobar cómo comparten quietud personas de toda índole acompañadas de las más hermosas estatuas yacentes, de mausoleos, de columbarios, de fosas comunes, de gatos a veces orondos, de los más fastuosos árboles y finalmente de pájaros que cantan en las ramas sus amores, como queriendo acompañar y contrarrestar ese sabor amargo de la muerte que se respira tan profundamente allí.
¿Pero que ocurrió para que este cementerio se convirtiera en una de las necrópolis más importantes y trágicamente bellas del mundo? Empecemos por el principio, por los orígenes para comprender mejor su historia…

Y es que anteriormente, mucho antes de que existiera este cementerio, se conoció al lugar como Mont-Louis pues fue escenario de las primeras correrías infantiles del Rey Sol o lo que es lo mismo de Luis XIV. Así desde 1626 estos terrenos fueron terrenos de jesuitas y de ahí precisamente el nombre de Père-Lachaise, del padre jesuita François d’Aix de la Chaise, que tuvo casa de retiro en la zona y que fue un personaje relevante por ser el confesor de este rey francés que se alzó contra el movimiento católico del jansenismo.

Ocurrió entonces que muerto este sacerdote en 1709, a la edad de 85 años, la finca continuó siendo propiedad de jesuitas hasta 1765, cuando fue vendida y traspasada a distintos propietarios.
Pero no fue hasta 1801 cuando se estimó que si seguían los enterramientos en iglesias y alrededores de iglesias en el centro de la ciudad habría aún mayores problemas de salubridad. Con el fin de mejorar estos problemas se quisieron transformar estos terrenos, que estaban por aquellos entonces en las afueras, en un cementerio.

Nicolas Frochot, jefe de la prefectura del Sena, bajo los mandatos del mismísimo Napoleón, ordenó la readquisición de los terrenos con el fin de levantar la necrópolis que abrió sus puertas el 21 de mayo de 1804 con poquísimo éxito, pues no contó con el beneplácito de los parisinos que no quisieron enterrarse ni enterrar a sus amigos y familiares en él al estar lejos de la urbe y ser un lugar desconocido, y mucho menos pasear por el mismo por puro descanso y diversión, por lo que no es de extrañar que 8 años después de la inauguración del cementerio fueran sólo 833 almas las que lo habitaban.

Debido a este escaso éxito se optó por la idea fabulosa de enterrar a gente famosa de las letras y las ciencias francesas para darle más renombre y fomentar que el cementerio fuera finalmente ocupado en mayor medida. Cuentan que corrían rumores, al menos entre las clases más pudientes, de que si se enterraban junto a estos famosos sus cuerpos nunca terminarían siendo desmembrados por estudiantes novatos de medicina en ninguna sala de anatomía…
La idea daría el mayor de los frutos convirtiendo a Père-Lachaise en uno de los cementerios más sorprendentes del mundo en la actualidad.

Se desenterró de otros cementerios más antiguos a dos enemigos en vida, al dramaturgo Molière y al fabulista La Fontaine y, como si se tratara de una cruel broma, se les dio sepultura el uno al lado del otro en el año 1817. Con ellos también fueron a parar al lugar, en este mismo año y desde el Museo de Monumentos Franceses de París, los amantes medievales por excelencia que vivieron una de las más bellas historias de amor, un amor imposible, esto es Eloisa y Abelardo, cuyo epitafio dice así: “En el momento de ser depositada en la sepultura común, ambos esposos extienden sus brazos para fundirse en un último y eterno abrazo”.

Tal fue el éxito de estos y otros enterramientos de gente famosa que el cementerio cobró una popularidad y una aceptación inusitadas con el pasar de los años y hasta tuvo que ser ampliado en cinco ocasiones debido a la excesiva ocupación. Y todo ello en los años 1824, 1829, 1832, 1842 y 1850.

El éxito fue tan abrumador y la aceptación tan grande que los datos que da a día de hoy el camposanto son realmente abrumadores: de 17 hectáreas y 58 áreas se ha pasado a 43 hectáreas y 93 áreas que contienen más de 70.000 tumbas, más de 300.000 cuerpos, más de 5.300 árboles y al menos 100 sepultureros y trabajadores que velan por el lugar, por lo que lo más normal es que si algún día paseas, lector amigo, por el cementerio te pierdas por los enroscados caminos, aún con un plano a mano, teniendo así la sensación de estar más en un laberinto que en un cementerio al uso.

Lo cierto es que la historia de Père-Lachaise desde sus comienzos ha cambiado mucho, uno pudiera pensar, si sólo se hubieran leído sus orígenes, que estamos en un lugar no muy grande, medio abandonado al que sólo se acude como en los cementerios tradicionales cuando hay que honrar a los muertos de vez en cuanto y no, esto no es así. Père-Lachaise escapa de toda lógica cuando en su condición de gran cementerio, al pasear por sus rincones comprobamos que es visitado por cientos y miles de personas en cualquier época del año y es que si el madrileño eligió como descanso el Parque del Retiro, el parisino eligió Père-Lachaise como su lugar de contemplación, por lo que no es de extrañar que en una visita a esta maravilla te encuentres a gente no sólo paseando por sus lugares si no leyendo un libro o sencillamente descansando en un asiento y es que hasta dos millones de visitas contemplan el lugar cada año. Ahí es nada.

Nadie discute ya a día de hoy la grandeza y la fama mundial de estos terrenos que si bien en un principio fueron rechazados, luego se han ganado a pulso sus millones de visitas, pues guardan sus muros muchas, muchísimas tumbas de gente relevante de toda condición. Pasemos ahora a dar algunos nombres.

Y entre sus filas hay muchos políticos, tal es el caso del líder de la Revolución Francesa Paul Barras o Benjamín Constant. O Joachim Murat noble y militar francés al servicio de su cuñado Napoleón, gran duque de Berg, mariscal de Francia y rey de Nápoles entre 1808 y 1815.

Y como la vida aparte de política es arte y literatura a los escritores Molière y la Fontaine les acompaña Auguste Maquet el que fuera colaborador y “negro” de Alexandre Dumas, también Cyrano de Bergerac, la escritora estadounidense Gertrude Stein y ¿cómo no? el célebre Honoré de Balzac el novelista francés esculpido por Rodin y mayor representante de la novela realista del siglo XIX cuyo panegírico corrió a cargo de su amigo, el mismísimo Victor Hugo que pronunció en su funeral la siguiente frase: “A partir de ahora a los ojos de los hombres se volverá a mirar los rostros, no de aquellos que han gobernado, sino de aquellos que han pensado”. Y todo ello delante de la triste mirada de Frédéric Lemaître, Gustave Courbet y Alejandro Dumas padre e hijo, entre otros.

También están en Père-Lachaise el escritor Marcel Proust así como su padre y su hermano, o el filósofo Auguste Comte pionero de la sociología o el irlandés Oscar Wilde, genial dramaturgo y escritor, considerado uno de los más brillantes exponentes del victoriano tardío, autor de “El retrato de Dorian Gray” y cuya tumba a modo de deidad alada guarda además de sus restos los de Robert Baldwin Ross, un crítico de arte que aseguró ser el primer amante masculino del escritor.

Destacar que esta tumba sufrió un ataque cuando dos señoras de pensamiento conservador la vieron y con un paraguas arrancaron a la deidad alada sus grandes atributos sexuales, al no considerarlos propios del lugar. Así que por momentos tuvimos a la deidad castrada, así sigue hoy, y llena de besos de las muchas seguidoras. Besos que han sido borrados y que ahora, a petición de la familia de Wilde y con la colaboración del gobierno irlandés, han de darse en el cristal de dos metros de altura que se ha puesto frente a la tumba con el fin de preservar la misma de la grasa de los lápices de labios que estropeaban la roca.

También muy memorable es la tumba de escritor y aviador Antoine de Saint-Exupery, autor de “El Principito”, que desapareció en un vuelo sobre el mar. Así que no son sus restos los que reposan allí, sino los de su esposa, que quiso homenajearle de este modo.

Pero el mundo de las letras no estaría completo del todo sin la poesía, por eso Père-Lachaise guarda un lugar para la misma a través de una de sus figuras más importante, Guillaume Apollinaire, que al estallar la primera guerra mundial se alistó como voluntario y fue herido de gravedad en la cabeza en 1916, momento en el cual se le concede la nacionalidad francesa muriendo dos años después en París víctima de la gripe española, cuando aún estaba convaleciente.

Y si el mundo de las letras tiene un gran surtido de famosos el mundo de la música es todo un desfile de tumbas importantes. Père-Lachaise guarda para el visitante al compositor francés de operas George Bizet cuya carrera fue truncada tras su éxito “Carmen” debido a una muerte prematura provocada por un ataque al corazón, eso y nada más que eso fue lo que le llevó a la tumba parisina, pues aún en un estado depresivo prolongado del compositor se descartó la muerte por suicidio. En el funeral, que tuvo lugar el 3 de junio de 1875 en la Iglesia de la Santa Trinidad, en Montmartre, más de 4000 personas estuvieron presentes. Una orquesta dirigida por Pasdeloup interpretó Patrie, y el organista improvisó una fantasía sobre temas de Carmen. En el entierro que continuó en el cementerio, Gounod dio el elogio.

Le siguen en este listado musical la soprano de ópera griega, María Callas, y el icono parisino Édith Piaf o lo que es lo mismo el llamado “pequeño gorrión”, la cantante francesa más célebre a nivel mundial del siglo XX con su “La vie en rose” cuyo cuerpo fue incinerado antes de ser enterrado y al cual le acompañan en la misma tumba los restos de Theo Sarapo su segundo marido muerto en accidente automovilístico y los restos en una tumba aparte de su padre.
También está el compositor francés Henri Duparc cuya ceguera le llegó en 1916 y así hasta la operación de un glaucoma en 1924 para finalmente sufrir una parálisis con la cual encontró la muerte en medio de un profundo misticismo religioso en 1933 y la tumba de Rossini, sin Rossini dentro, pues si bien el famoso compositor italiano murió cerca de París, en Passy y se le enterró en Père-Lachaise, sus restos fueron trasladados en 1887 a la Basílica de la Santa Croce en Florencia donde reposa al lado de personajes de una relevancia abismal tales como Michelangelo, Dante o Galileo Galilei.

Y para acabar con este listado musical dos de las tumbas más visitadas del cementerio junto con la de Wilde, la de Chopin y la de Jim Morrison, no en vano esta última ostenta un verdadero record al ser reconocida no sólo como la tumba más visitada del cementerio sino también como la cuarta atracción turística más visitada de París.

Chopin, el maestro, el genio, aquel que fue conocido en su tiempo como “el alma del piano”, el autor de auténticas obras maestras descansa también allí salvo su corazón a petición propia que fue llevado a la iglesia de la Santa Cruz en Varsovia y es que Chopin fue de enterramiento parisino pero de alma polaco. Sobre el perfil grabado en mármol del compositor se yergue una leyenda tan escueta como apropiada “Música y lágrimas”. Y sobre la misma tumba se alza una estatua que representa a una mujer tocando su laúd, obra de Auguste Clésinger que tomó como modelo a Berthe de Ocurriere, amante del escultor y posteriormente amante de escritores del mundo del ocultismo. Pero la Courriere no era una mujer cualquiera, oficiaba misas negras donde se sacrificaban animales, algunas de las cuales se llevaban a cabo en el cementerio. Finalmente estos ritos nocturnos desaparecieron con las nuevas medidas de seguridad adoptadas en 1990, tras las profanaciones de las tumbas judías de Carpentras.

En cuanto a Jimbo, más conocido como Jim Morrison el cantante del rock psicodélico, el líder indiscutible de los sombríos The Doors, el que fue apodado “Rey Lagarto” fue él mismo quien a los veintisiete años, tras una visita con un amigo al camposanto, pidió ser enterrado allí, lo que no supo Jim es que moriría tan sólo unos días después de su petición en un entierro que duró unos diez minutos con tan sólo cinco personas presentes.

De su muerte poco se sabe salvo los testimonios contradictorios de su pareja Pamela Courson que aseguró que murió en la bañera de su hogar y un testimonio publicado en un libro donde Sam Bernett afirma que Morrison no murió en su bañera, sino en los baños de una discoteca parisina que regentaba, el “Rock’n’Roll Circus” fruto de una sobredosis.
Antiguamente un busto presidía honrosamente la tumba del poeta y cantante, al no existir vigilancia continua alguien lo robó y se hizo otra lápida. De lo que fue del busto tampoco sabemos absolutamente nada, pero sí podemos decir que esta antigua tumba fue lugar de reunión de consumidores de droga y hasta se dice que se descubrió a varias parejas haciendo el amor encima de ella.

Todo ha cambiado desde entonces, ahora en esta nueva tumba no hay busto alguno y se ha colocado una placa que en griego antiguo dice “Kata ton daimona eaytoy”, es decir, “cada quien su propio demonio”.

Y por si acaso alguien quisiera robar esta placa o cualquier otra, la tumba en la actualidad permanece completamente vigilada las 24 horas del día los 365 días del año. Incluso en una de mis últimas visita fui testigo de la presencia policial, a la que incluso se sumaron unas vallas metálicas amarillas que no entonaban con el gris roca que luce Père-Lachaise permanentemente.

El mundo de la pintura y la escultura tampoco quedan aparte, sus mayores representantes dentro del camposanto son el pintor y escultor Amedeo Clemente Modigliani y el pintor francés Delacroix, el cual muere acompañado solamente por su fiel ayudante Jenny Le Guillou dejando sin concluir las cuatro grandes telas destinadas al comedor de Hartmann. Meses antes escribe en su diario: “El mérito de una pintura es producir una fiesta para la vista. Lo mismo que se dice tener oído para la música, los ojos han de tener capacidad para gozar la belleza de una pintura. Muchos tienen el mirar falso o inerte; ven los objetos, pero no su excelencia”.

En cuanto al mundo esotérico ¿Cómo no nombrar al reputadísimo Allan Kardec y a Papus? Y es que Allan Kardec, cuyo verdadero nombre era Hippolyte Léon Denizard Rivail, es reconocido como el codificador del espiritismo y el hombre que sentó la doctrina del mismo. Su tumba es una especie de dolmen hecho con tres moles de granito en posición vertical y una cuarta sobre aquéllos, formando una especie de mesa. Bajo la misma reposa el busto de bronce del famoso médium que según la tradición quien lo toca tiene la fortuna de que desaparezcan todos sus males espirituales. En la cara derecha del pedestal se puede leer: “Fundador de la Filosofía Espiritista. Todo efecto tiene una causa. Todo efecto inteligente tiene una causa inteligente. La potencia de la causa inteligente está en función de la grandeza del efecto. 3 de octubre de 1804-31 de marzo de 1869”. En la otra cara también hay una inscripción: “Nacer, morir, renacer aún, progresar sin cesar, tal es la ley”.

En cuanto a Papus baste decir que fue un famoso mago blanco que nació en 1865 en A Coruña. Cabalista, alquimista, tarotista y, especialmente filósofo del esoterismo, Papus fue un médico militar que murió en 1916 a los 51 años. Dejó escritos la escalofriante cifra de más de 160 libros, algunos de referencia obligada en la cultura ocultista, como el Tratado de la Magia Práctica o El tarot de los Bohemios.

Incluso hasta tenemos dentro del camposanto a Madame Lenormad, la “vidente de Josefina Bonaparte” que se hizo célebre por sus predicciones, tanto es así que hoy se venden en todo el mundo barajas del tarot que llevan su nombre.

Es elevado el número de artistas del celuloide en el cementerio, así que pasaré a citar tres de los personajes con más renombre. El primero Marcel Camus, el director de cine francés, le sigue la actriz francesa Sarah Bernhardt que se transformó con el pasar de los años en una leyenda viviente conocida por ser la actriz de más alta calidad de los últimos años del siglo XIX. Destacar su verdadera afición por lo macabro, pues es de sobra sabido que llegó a comprarse un ataúd en el cual dormía y donde se dejó fotografiar en alguna ocasión. Finalmente a destacar por ser de una relevancia brutal, el imprescindible Georges Méliès, y digo imprescindible porque donde los creadores de la imagen en movimiento, los hermanos Lumière, concibieron el cine como un espectáculo meramente documental que pasaría de moda, el gran Méliès apostó por el mismo haciendo las primeras películas de terror y de ciencia ficción. Él fue el creador del cine tal y como lo conocemos ahora por ello tiene su lápida una inscripción realmente justa que dice así: ”Georges Méliès, el creador del espectáculo cinematrográfico” y todo ello acompañado de su busto.
En definitiva son muchísimas las tumbas y sorpresas que guarda este increíble cementerio en donde también reposa hasta el mismísimo Jean-François Champollion o lo que es lo mismo el padre de la egiptología, aquel hombre que consiguió descifrar la piedra Rosetta y fue capaz de encontrar el sonido de cada uno de los jeroglíficos. En definitiva, el hombre gracias al cual conocemos la historia del Antiguo Egipto y que pronunció la siguiente frase “Soy adicto a Egipto, Egipto lo es todo para mí”.

Y si bien este escueto listado de famosos es impresionante no menos impresionantes son las historias de otros personajes menos conocidos como Yvan Salmon o lo que es lo mismo Victor Noir, un periodista francés de 22 años asesinado (muerto en un duelo) en una reyerta en 1870 por un pariente de Napoleón de un tiro en la cabeza. Y de ahí a la posteridad, pues Victor era bien parecido y se iba a casar al día siguiente después de su muerte, motivo por el cual se empezó a extender el rumor de que las mujeres con problemas de fertilidad si acariciaban las partes más íntimas de la estatua que preside su tumba quedarían embarazadas. Con el fin de preservar la estatua se levantó una valla, pero el desfile de mujeres que trataban de saltarla era grande y se provocaron caídas, motivo por el cual se volvió a retirar y así hasta el día de hoy.

No menos curioso es el sepulcro de Fernand Arbelot que tiene la escultura de un hombre yacente que sujeta entre sus manos la cabeza cortada de una mujer, al parecer su amante. El asesino se habría suicidado después con cicuta…
En definitiva, Père-Lachaise el cementerio inabarcable con sus miles y miles de historias, la prueba viva de que un camposanto no tiene porque ser un espacio muerto, pues por el contrario puede estar lleno de vida y de arte. Yo no dudaría en visitarlo de nuevo, aún habiéndolo visitado ya unas cuantas veces. En él encontrarás el silencio, la paz, el consuelo y muchísimas historias increíbles. Père-Lachaise es la prueba viviente de que un cementerio puede ser un lugar de aprendizaje y cultura, así que no quise perderme esta maravilla en su día y apuesto lo que sea a que alguien que sepa mínimamente algo sobre él quiera visitarlo y es más, también creo firmemente que tras visitarlo, quiera volver a repetir la experiencia, que es sin lugar a dudas una experiencia enriquecedora, sosegada y sobre todo distante de este mundanal ruido.

Autor: MIGUEL T. CAÑADAS

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