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El «Sacamantecas» de Vitoria, el predecesor español de Jack el Destripador

sacamantecas

Considerado como el primer asesino en serie español, desde 1870 hasta 1879 mató a mujeres mutilándolas brutalmente

El 2 de abril de 1870, Juan Díaz de Garayo cometió el primer crimen que se le conoció y que, durante los siguientes nueve años, repitió cada vez con mayor sadismo y frecuencia. Siempre fueron mujeres, adolescentes o prostitutas. A algunas las sometió a crueles mutilaciones, en un estilo parecido al de Jack el Destripador, pero adelantándose casi 20 años a este. Así se ganó su apodo: el «Sacamantecas» de Vitoria.

Garayo comenzó a matar con 50 años. Hijo de campesinos, se había ganado la vida primero como criado y luego como campesino. Se había casado con una viuda apodada «la Zurrumbona» con la que tuvo cinco hijos y su vida transcurrió modesta pero serena hasta que murió su esposa, según declaró él mismo. Los nuevos matrimonios que contrajo (hasta tres) no le aplacaron, sino lo contrario.

«La culpa [de los asesinatos] la tienen todas las mujeres con quienes me he casado [después de la Zurrumbona]; que si una salió mala, las otras fueron peores, pues todo lo que había en la casa lo vendían a menos precio para comprar vino y otras cosas, y yo aburrido al ver lo que me pasaba, me perdía en esas malas acciones que ahora tendré que pagar justamente», llegó a decir serenamente, según la crónica de la época de Ricardo Becerro de Bengoa, quien publicó un folleto titulado «El Sacamantecas, su retrato y sus crímenes» en 1881.

El detonante para el primer crimen fue que la prostituta se negó a rebajar su precio. Según contó Becerro de Bengoa: «Sucedieronse las palabras duras de una a otra parte y entonces Garayo, arrojándose sobre la M., la derribó en tierra, la sujetó fuertemente, impidiéndole que gritara, le oprimió la garganta con las manos hasta dejarla medio estrangulada, y para acabarla de matar sumergió su cabeza en un pequeño remanso de agua, que hacía el arroyo, y que tenía pie y medio de profundidad, sujetándola con las manos y sosteniéndola en tal posición con una rodilla sobre las espaldas, hasta que observó que había muerto. El furioso asesino la desnudó después de todas sus ropas, la extendió boca arriba sobre el arroyo, la contempló algún tiempo y, arrojando después los vestidos sobre ella, huyó hacia la ciudad, cuando ya las sombras de la noche habían cubierto casi por completo el horizonte».

Las crónicas posteriores a su detención le describieron como un hombre «imbécil e idiota, egoísta, glotón e indiferente; taciturno y frío, que no tuvo un amigo ni amor más que al vino». Su aspecto, decían, era atlético, de pómulos salientes, fruncidas facciones, ojos pequeños, hundidos, desviados y «uno torcido de siniestra mirada».

Comienzo de las mutilaciones
Un año después del primer asesinato, el 12 de marzo de 1871, llegaba la siguiente víctima: una viuda a la que Garayo trató de convencer para mantener relaciones, pero con la que discutió sobre el precio y acabó estrangulando. Poco a poco, los asesinatos fueron haciéndose más crueles y frecuentes. En 1872 el «Sacamantecas» mató primero a una niña de 13 años a la que violó, asesinó y mutiló, y pocos días después a una prostituta a la que violó, asfixió y abrió en canal para sacar sus vísceras. Para entonces ya cundía el pánico en Vitoria. «El terror empezó a cundir por la comarca y ni los padres ni los esposos permitieron que las mujeres se alejaran de los pueblos sin ir bien acompañadas», cuenta la crónica de Becerro de Bengoa.

Los siguientes años fueron de intentos frustrados, uno de los cuales le valió prisión por dos meses y, sobre todo, ser conocido por las autoridades. Por eso, cuando en 1879 Garayo volvió a ver una sádica oportunidad, el desenlace fue diferente. Aunque repitió sus viejos patrones y asesinó, violó y mutiló primero a una mujer de 25 años y luego a otra de 52, varios testigos le situaron por la zona. Una pista que fue crucial para comprender quién era el asesino, aunque corre la leyenda de que fue una niña quien, viéndole el amenazante rostro, exclamó que debía ser el «Sacamantecas».

El 21 de septiembre de 1880 fue detenido y posteriormente fue condenado a muerte por garrote vil, aunque solo debido a los dos últimos crímenes, que eran los únicos en los que había pruebas suficientes para ello. Su último año de vida lo pasó en la cárcel Celular de Vitoria, donde se ganó el respeto de sus carceleros por actos tan diversos como aprender a leer o afeitarse la barba quemándosela con fósforos, según cuenta Eladio Romero García en el libro «Garrote vil». El 11 de mayo de 1881, tras pasar su último día fumando y bebiendo café y moscatel, era ejecutado en público y su cadáver expuesto.

Fuente: ABC

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