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EL CRISTO NEGRO DE CÁCERES, por José Manuel Frías

Cristo Negro

El casco antiguo de Cáceres nunca dejará de sorprenderme. Este añejo recinto amurallado encandila a cualquiera que camine por sus calles, descubriendo a cada paso viejas casonas y palacetes centenarios. Desde los aleros de las casas, pétreas gárgolas esconden misterios a cual más intrigante.

Mi objetivo aquella tarde era el Museo Árabe, en la Cuesta de la Aldana, pero aun quedaba más de media hora para que sus puertas fueran abiertas. Al haber entrado en aquella ocasión por la parte norte del circuito urbano, terminé por toparme con la Concatedral de Santa María la Mayor, templo del siglo XV. El tiempo de espera y el calor asfixiante invitaban a entrar en ella, aunque fuera solamente para resguardarse de los rayos del sol al amparo de sus gruesos sillares de granito.

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Anduve distraído por sus tres naves, observando la crucería gótica del techo y la belleza de algunos retablos. Pero una capilla llamó mi atención desde el principio. El motivo no podía ser más pueril: la poca iluminación de su interior hacía que la figura que colgaba de la pared apenas fuera visible, y me extrañó que su tono fuera tan oscuro que no resaltara ni un ápice.

Al acercarme resolví el enigma; se trataba de un Cristo negro. Pero no era un Cristo negro normal, ya que sus rasgos me parecieron desde el principio poco convencionales. Rostro apepinado, frente ancha, grandes ojos, nariz alargada, pómulos marcados y cierto aire africano. Además, no pude menos que sorprenderme ante su tallado perfecto y su magnífica policromía.

Entre esclavos, judíos y musulmanes

Como si el misterio estuviera presente en todas las facetas del Cristo negro de Cáceres, también su origen está envuelto ciertas brumas. Los expertos han logrado datar la talla en el comienzo del siglo XIV, aunque la autoría es motivo de discordia. La mayor parte de los cronistas mantienen el desconocimiento del autor, mientras que un pequeño núcleo apunta a Pablo de Colonia, un singular artista que por aquella época realizó importantes trabajos, algunos de ellos para el imponente monasterio de Guadalupe, en la misma provincia.

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Si no sabemos con seguridad la autoría de la imagen, si conocemos, sin embargo, al personaje que la costeó. Se trata de Juan Ovando, personaje de la nobleza, licenciado en leyes y presidente del Consejo de Indias. Curiosamente, no fue en un taller personal sino en el propio palacio de la familia Ovando donde se gestó la talla, por medio de maderas traídas del Norte de África. Y lo más importante, el motivo de la creación de la imagen no era el de la veneración popular, sino la devoción privada en uno de los palacetes de la familia.

Pero, ¿por qué un Cristo con tales y tan enigmáticos rasgos? Al respecto hay hipótesis para todos los gustos. Una de las más desatinadas es la que afirma que el tono del Cristo, originariamente, era marrón, pero que con el humo de miles de velas encendidas a su lado a lo largo de varios siglos lo fue tiñendo hasta volverlo negro. De ser así, contaríamos en España con multitud de imágenes transformadas en negras por el mismo sistema.

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Todo hace indicar, en base a la lógica, que la talla era negra desde sus inicios. ¿Y sus rasgos? Aquí el abanico de posibilidades es más apasionante. ¿Rasgos anatómicos inspirados en los esclavos negros traídos a Extremadura por la nobleza cacereña? Es una opción con peso. Pero hay más. Alrededor del crucifijo, casi imposible de ver si no se cuenta con una escalera, dada la altura a la que está enclavado el Cristo, se pueden percibir signos hebraicos y musulmanes. Menuda mezcolanza. Incluso los propios judíos y mahometanos han estado muy vinculados a la imagen desde hace centurias. Quizá ahí esté la clave de los extraños rasgos de la figura. El resto, en cuanto a los motivos, continúa siendo un enigma.

Devoción versus Temor

El Cristo negro de Cáceres, asombrosamente, ha despertado tanto fervor como miedo. En el pasado, la gente se negaba a mirarlo a cara durante las procesiones. Preferían bajar el rostro a su paso. Y es que asegura la tradición que aquellos pecadores que se atrevían a enfocar sus ojos a los de la imagen, sufrían dolorosas cegueras. Y claro, el que más o el que menos contaba en su haber con algún pecado.

La cosa no acaba ahí. Entre los siglos XVI Y XVII, aquellos que visitaban la talla se acercaban a ella, desde muchos metros atrás, inclinados en incómoda postura o de rodillas. No se trataba de promesas, sino como señal de respeto, ya que se creía que de otro modo el Cristo podría castigarles.

Vemos por lo tanto que se temía mirarlo a los ojos o acercarse a él de manera distendida. ¿Y tocarlo? Aquí la cosa se complicaba. La más mínima falta de sumisión a la hora de palpar la madera, causaría una muerte fulminante. Estaba tan extendida esta creencia, que las familiar al cargo de su limpieza ofrecían sumas importantes de dinero a ciudadanos pobres, para que fueran estos los que la manipularan. De esa forma evitaban tocarlo personalmente. Por su parte el resto de ciudadanos que tenían el valor de acariciarlo, lo hacía con guantes y rezando constantemente.
Un dato más. Está claro que el rostro del Cristo negro no es precisamente una representación de la belleza humana. Ello ha llevado a algunas personas a mofarse de él en el pasado. Aunque no existe documentación al respecto, la leyenda habla de personas que han fallecido de manera espontánea o han sufrido desgracias de todo tipo tras dichas burlas.

Aunque actualmente el miedo hacia la talla cacereña ha descendido, aun existe un cierto resquemor por parte de sus devotos, y hay quién todavía se asusta al besarlo.

Cronología histórica

Según la documentación que obra en poder del obispado cacereño, la cofradía del Cristo Negro fue fundada el 3 de mayo de 1490, bajo la dirección de quince personajes muy devotos de la nobleza de Extremadura. La imagen fue expuesta primeramente en un convento de religiosas, de manera discreta, para después ser traslada a por aquel entonces iglesia de Santa María la Mayor, hoy Concatedral. En ambos enclaves se procesionaba de una manera sencilla y casi anónima.

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Dada la repercusión popular que poco a poco, y sin quererlo, fue ganando la imagen, el papa Paulo V, en 1611, y el papa Benedicto XIII, en 1727, ofrecieron bulas pontificias a los cofrades y devotos.

El 24 de mayo de 1627, D. Gaspar de Saa, Visitador General de la Santa Iglesia Catedral de Coria, al ver la gran devoción de la gente, dispuso que se fabricara una bandera con la insignia de la cofradía, que a partir de ese momento fue usada en los actos públicos, pero que se desechó a mediados del pasado siglo por estar en mal estado.
Pocas décadas después, el 1 de agosto de 1651, a petición del mayordomo y aprobado por unanimidad, la mujer pudo participar de forma activa en todos los acontecimientos relacionados con el Cristo Negro.

Durante el siglo XVII se llevaron a cabo al menos cinco procesiones, debido a las epidemias y calamidades que tuvieron lugar en Cáceres. Se procesionaba para pedir intermediación, rindiéndosele honores. También se exponía públicamente en la iglesia, yendo los devotos en masa.

El 14 de junio de 1818 se llegó al acuerdo de que, cada vez que se descubriese la imagen, debían encenderse dos velas. Y si se desprendía de su lugar de reposo, sería necesario rezar el Padrenuestro al bajar y al subir. Tal era la devoción de la gente ante la talla.

Reactivación del fervor

Aunque a partir de un determinado momento la imagen del Cristo Negro cayó en el olvido, el 30 de agosto de 1985 la historia resucitó, gracias a un grupo de jóvenes que quedaron impresionados por la talla. Con la ayuda de amigos, familiares y cofrades, decidieron reavivar la llama de la devoción.

El grupo logró un permiso del obispado para procesionar al Cristo en la Semana Santa cacereña, la noche del miércoles santo. Una vez concedido, decidieron realizar esta procesión a la manera de los siglos XV y XVI.
Antes de la salida, los cofrades caen de rodillas ante la imagen, realizando un juramento de obediencia y silencio. La ruta se realiza por el barrio monumental, sin salir de las murallas, despertando una gran devoción popular y el seguimiento por parte de curiosos y devotos.

Prodigios de la talla

Resulta curioso contemplar en los viejos legajos cómo en el pasado, las familias pobres enjuiciadas pedían que se leyera su sentencia delante del Cristo negro. Al parecer la imagen solían interceder a favor de los más necesitados, siempre que estos no fueran personajes malvados, y la sentencia casi nunca llegaba a cumplirse.

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Son muchos, por otro lado, los prodigios que la talla ha obrado. En épocas de sequía, al ser procesionado, empezaba a llover de inmediato. Incluso, a pesar de los conflictos bélicos por los que ha pasado Cáceres, y pese a haber estado expuesto en todo momento, nunca ha sufrido ningún daño.

En su capilla también ocurre algo que, cuanto menos, ha sorprendido a los visitantes. Son muchos los que perciben, de repente, un intenso aroma floral, pese a no haber flores en el lugar. Los propios encargados de la Concatedral han sido testigos de este misterioso suceso, que ocurre de manera inesperada y espontánea, sin que hasta el momento se haya podido dar una explicación.

También cuentan que durante algunas de las procesiones actuales, al pasar el Cristo cacereño por zonas de viviendas, algunas casas han sufrido anomalías en puertas y ventanas, abriéndose solas. Es como si de alguna manera la talla poseyera una energía que se manifiesta en su entorno, y que afecta a los enclaves físicos por donde pasa en Semana Santa.

José Manuel Frías

Conferencia de José Manuel Frías en el II Congreso Mazarrón Más Allá: Encuentros con lo desconocido.

 

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