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LA ZONA DEL SILENCIO, por José Manuel Frías

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Sucesos anómalos en el desierto mexicano de Durango

Zona central del Bolsón de Mapimí, en el Vértice del Trino, entre los estados mexicanos de Durango, Coahuila y Chihuahua, delimitado por los paralelos 26 y 28 de latitud Norte y los meridianos 104 y 106 de longitud Oeste. Estas no son las indicaciones de un lugar cualquiera. Se trata de la ubicación de unos de los enclaves más intrigantes de nuestro planeta: la conocida como “Zona del Silencio”.

Algunos aseguran que las latitudes de este árido desierto, con temperaturas veraniegas de más de más de 45º a la sombra y bordeado por montañas con forma de cráteres, son comunes a las de las Pirámides de Egipto, el Triángulo de las Bermudas o el templo tibetano Potala. Su extensión aparece delimitada por la singular Sierra del Diablo y surcada por peligrosos bancos de arena que apresan a los vehículos de visitantes desprevenidos. Como colofón, el cerro de San Ignacio, que corona y vigila a modo de particular baluarte.

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A pesar de la dureza de su entorno y de manera sorprendente, la Zona del Silencio acoge una rica variedad de flora y fauna, donde destacan zorros, coyotes, patos y palomas silvestres, liebres, conejos, tarántulas, escorpiones, serpientes de cascabel, ratones, ratas canguro y tortugas. Los cambios biológicos por los que estos animales, algunos en peligros de extinción, han pasado para adaptarse al medio han sido tan asombrosos, que allá por el año 1978 la UNESCO decidió crear la Reserva de la Biosfera de Mapimí, donde la cooperación internacional está presente a través de la labor en el lugar de científicos de Estados Unidos, Rusia, Francia y Holanda.

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Pero, ¿qué sucede realmente en la Zona del Silencio para que no solamente haya adquirido esa enigmática nomenclatura sino que, además, se haya convertido en punto de encuentro de místicos, magos, chamanes e investigadores de lo insólito?

Escenario Sideral

Si por algo destaca especialmente este rincón de Centroamérica es por ser el lugar de la Tierra donde más meteoritos caen, millones de ellos a lo largo del año, a veces cerca de cuarenta en menos de cinco minutos, la mayor parte de ellos de manera pulverizada, por lo que toda su extensión es enormemente rica en fragmentos de aerolitos, lo que ha creado la tradición por parte de lugareños y visitantes de rebuscar en el terrero algún que otro trozo de ellos, bajo la creencia de que representan la buena suerte que viene del espacio. Uno de las piezas más interesantes fue aquella que descendió del cielo el 8 de Febrero d 1968, conocida como “meteorito de Allende”, por la zona en que cayó, teniendo una antigüedad datada de 15.000 millones de años, la misma que el propio Universo y tres veces más que nuestro Sistema Solar.

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Pero la mayor sorpresa de todas tuvo lugar en la década de los setenta, cuando la sonda soviética “Venus 8”, dispuesta a visitar el planeta que le dio nombre, se encontró bajo el riesgo de colisión con un meteorito que se le acercaba peligrosamente. Cuando los científicos se disponían a cambiar la dirección de la sonda para evitar el impacto, asistieron a un espectáculo extraordinario: el aerolito cambió su rumbo, viajando en sentido contrario. Por si eso fuera poco, en lugar de descender de manera vertical, viajó de forma tangencial sobre la Tierra recorriendo dos terceras partes del planeta hasta caer, cómo no, en la Zona del Silencio. Los científicos declararon en todo momento que aquello no tenía explicación científica, y Harry de la Peña, Rector del Instituto Superior de Ciencia y Tecnología de la Laguna bautizó al curioso “viajero” como Meteorito Razonante.

Desajustes electrónicos

El 11 de Julio de 1970 sería un día tan fatídico como inolvidable. La NASA, desde el estado de Utah, inició el lanzamiento de un cohete de exploración científica, el Athenas. Tan solo una hora después, y no sabiéndose aún por culpa de qué extraño desajuste técnico, dicho cohete perdió el control y fue a estrellarse en el desierto mexicano.

El gobierno estadounidense, previo permiso del país vecino, puso en marcha un dispositivo para localizar los restos del aparato. Aunque se usaron aviones, radares y equipos de búsqueda a pié, se tardaron varias semanas en dar con ellos. A través de unos tramos de vía férrea creados a tal efecto, los yanquis trasladaron los restos del malogrado cohete pero, curiosamente, estos fueron acompañados de varias toneladas de tierra de aquel desierto, con la excusa de que tal vez pudiera estar contaminada. El dispositivo de seguridad fue tal, que ni siquiera los habitantes de zonas cercanas pudieron ver de cerca aquel trabajo, lo que llegó a originar rumores de todo tipo.

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Y si de desajustes electrónicos hablamos, es imposible pasar por alto el hecho de que en gran parte de la Zona del Silencio, las ondas de radio quedan completamente anuladas, no funcionando ni antenas ni transmisores. Las radios de vuelo se ven alteradas, las baterías se descargan de golpe, los relojes fallan y las brújulas pierden el norte. Solo una tesis pretende explicar este tipo de sucesos. Restos fósiles de fauna y flora marítima en la zona demuestran que hace millones de años, en la etapa mesozoica, aquella región era parte del Mar de Thetis, antes de que los cambios terrestres hicieran emerger a las grandes masas continentales. Tal vez por aquel entonces cayera un enorme meteorito que fuera fragmentado tras su impacto y engullido por las aguas, quedando bajo la tierra ejerciendo una tremenda acción magnética. Esa acción se multiplicaría por el movimiento natural del planeta, provocando vórtices electrónicos, a modo de conos invisibles, que bloquean o actúan sobre las señales electromagnéticas.

Aun así, ¿explicaría eso la lluvia constante de meteoritos en la zona, algunos de ellos, como hemos visto, cambiando insólitamente su rumbo de “vuelo”? ¿Provocaría la caída de un hábilmente diseñado cohete espacial en el enigmático desierto mexicano? Y lo que es más importante, como veremos a continuación, ¿daría razón esa tesis a las extrañas mutaciones animales, a la atracción de reses moribundas a lugares específicos, a la inusualmente alta radiación solar, y a los avistamientos de OVNIs y humanoides?

Fenómenos anómalos

Las adversas condiciones de la Zona del Silencio, en lugar de haber acabado con la vida de su abundante fauna y flora, han provocado en ellas extrañas mutaciones únicas en el mundo, permitiendo así su adaptación al medio. Caso singular es el de la popular “Tortuga del Desierto”, una originaria tortuga marina ya existente millones de años atrás, y que tras la desaparición del agua en la zona transformó sus aletas en patas para poder vivir en terreno seco, no conociéndose otro caso en todo el planeta. “No sabemos tampoco por medio de qué extraño sistema –narra a AÑO/CERO la ingeniera Ruth Bell-, dichas tortugas, para defenderse de una excesivamente intensa radiación solar, metamorfosearon en amarillo el color de su esclerótica”.

No es este el único comportamiento anómalo de la fauna local, ya que son muchas la reses moribundas que, emulando a los elefante africanos, buscan un punto concreto para morir, casi siempre a los pies del cerro de San Ignacio, como si el magnetismo de aquella atalaya los atrajera hasta convertir la zona en un singular cementerio animal.

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Además, en la Zona del Silencio siempre hay espacio para el campo de la ufología. Desde hace décadas se vienen recapitulando testimonios de lugareños que han avistado OVNIs en la zona, extrañas luces conocidas popularmente como “manchas del silencio” o “luz del carro de banda”, misteriosas luminarias que recorren aquellas agrestes llanuras, desplazándose en ocasiones de forma errática. “Nunca olvidaré aquella vez en que casi me sentí perseguido por una de esas esferas luminosas –nos cuenta Raimundo Moral, encargado de la conservación de la flora en Durango-. Aun sin demostrar violencia, la luminaria anduvo tras de mí por espacio de media hora”.

En otras ocasiones, esas luces han demostrado una curiosa inteligencia. Varias personas aseguran haber tenido encuentros en mitad de la noche mientras conducían sus vehículos. De pronto aparecía a pocos metros de ellos, a veces viniendo de frente, una luminaria parecida a la de otro coche, con la particularidad de que imitaba sus movimientos, devolviendo incluso los cambios de luz, hasta desaparecer de manera espontánea.

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Igualmente, aquel rincón del desierto mexicano es considerado por muchos como una especie de base para seres extraterrestres, que aprovechan el blindaje contra las ondas hertzianas y radares para pasar desapercibidos. Algunos lugareños confirman la existencia de misteriosos hombres de gran altura, vestidos con extraños ropajes ceñidos, pululando por aquellas llanuras, a veces muy cerca de las propias luces volantes. “Aun recuerdo con pavor la noche en que me tropecé con dos seres oscuros, de enorme altura que aparecieron de la nada –explica en exclusiva a AÑO/CERO el ganadero Huey Romero-. Tras hacerme un gesto con la mano, desaparecieron. Aun me cuesta conciliar el sueño al pensar en ello”. Curiosas experiencias relacionadas, según la creencia popular, con seres extraterrestre. Personajes ajenos a nuestra civilización humana que habrían hecho de la Zona del Silencio su discreta área de operaciones.

José Manuel Frías

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