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HISTORIAS Y LEYENDAS DE HUERTAPELAYO, por MARTA EMBID

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Cuando aquella niña se sentaba en el poyete de piedra, aquellos en los cuales estaban sentados los más ancianos del lugar…quedaba fascinada con las historias que le contaban, el tiempo se detenía y la empatía hacia los más longevos florecía, a pesar de ser solo eso, una niña.
El paso de los años no les había borrado la memoria y relataban sus vivencias de niñez y juventud acaecidas en su pequeño pueblo, siempre con una sonrisa leve, aunque sus rostros con pronunciadas arrugas y pieles curtidas por los años denostaban la lucha y los avatares que les había preparado la vida.
Su abuelo llevaba décadas sin poder regresar a su querido pueblo, aquél que no solo le había visto nacer a él, sino a sus padres, abuelos…
Al igual que había hecho su padre, transmitió a sus hijos toda aquella sabiduría que no había aprendido en ninguna escuela, aquella que a través de la tradición oral pasaba de generación en generación, costumbres y leyendas ancestrales, que a hoy día están desapareciendo.
Tenía cerca de noventa y dos años, y ni un solo minuto de su vida y a pesar de la vida dura que le había tocado vivir se había olvidado de su tierra. Una tierra dura de labrar, la cual no tuvo más que caminos de herradura hasta bien entrado la década de los años 1970 del siglo pasado. Donde cuando moría una mula o se perdía una oveja significaba el mayor de los infortunios.
Cuando la siega, la labranza, los campos y los huertos apenas daban para comer…
Aún así el amor a su tierra era mayor a los peores momentos vividos en su querido Huertapelayo. Un amor que transmitió a sus hijos, hijos también del pueblo, y transmitido a su vez a esa pequeña niña que se sentaba en los poyetes de piedra en los días estivales para escuchar las historias de los Pelayos.
Desde entonces se prometió que sentiría como mínimo el mismo amor que sentía su abuelo por aquella tierra de la serranía de Guadalajara.
Pasaron los años, y aquella niña inquieta creció y tal y como se prometió llevó por delante el amor a la tierra de sus antepasados. Había convertido Huertapelayo en su empíreo en la tierra.
Seguía escuchando a las gentes, a los ancianos, y a veces echaba la vista atrás y pensaba en los que ya no estaban con ella, entre ellos su querido abuelo.
Lo que en principio fue curiosidad por conocer la historia de este pequeño pueblo remoto y sus gentes, se convirtió en un reto personal necesitaba plasmar por escrito todas aquellas vivencias, historias, leyendas y costumbres, para que no se perdieran, además con el valor añadido de poder homenajear a sus antepasados y pensar que en estos momentos se sentirían orgullosa de ella.
No entendía como hasta la fecha nadie absolutamente nadie, había plasmado la historia viva de aquél lugar y sus gentes.
Ya no solamente la historia más reciente de los siglos XIX y XX, sino aquella historia remota que tanto a los lugareños como a los historiadores se les había pasado por alto y por desgracia había sido casi vilipendiada.
No solamente se interesó por la parte antropológica de las gentes… -los curiosos empiezan a tirar del hilo- como se suele decir, un hilo invisible que le hizo remontarse a la época primitiva y aquellos primeros pobladores de estas tierras tan bellas y a la vez tan desconocidas del Alto Tajo.
Todo aquello empezó a emerger, y poco a poco lo recopilado se fue convirtiendo en ideas plasmadas en letras, en frases, en sentimiento, en definitiva en un libro.
De pronto y después de dos años de trabajo… la pequeña niña que se sentaba en los poyetes de las puertas de las casas de Huertapelayo con los ancianos supo que ya nunca se perdería toda esa sabiduría ancestral, que todas las historias, leyendas y costumbres perdurarían en el tiempo aunque ellos se marchasen para siempre.
Quedando plasmado en el libro un trocito del corazón de todos y cada uno de los Pelayos.
Historias y Leyendas de Huertapelayo, memorias de un pueblo….
Un libro de historia remota y primitiva, donde no faltan las sirenas, los hombres lobos y los duendes…
Un lugar donde poder disfrutar y descansar y donde poder sentir la esencia pura de su memoria y de sus gentes.

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Marta Embid.

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